La ineficiencia, una forma de trabajar en lo público no siendo del lugar
En mis 25 años ininterrumpidos de función legislativa y pública municipal, estatal y federal, he podido constatar una verdad incómoda: la cercanía con el territorio no garantiza la eficiencia, pero su ausencia casi siempre la facilita. El Estado de México (EMX) es el ejemplo más elocuente. Un sin número de funcionarios que llegaron de otras entidades arriban sin arraigo, sin conocimiento del terreno y, en no pocos casos, sin compromiso real con los resultados.
No se trata de un prejuicio localista, sino de una observación empírica. Quien trabaja donde nació, donde viven sus hijos, donde lo conocen en el mercado y le reclaman en la calle, opera bajo una presión social que el foráneo no experimenta. Esa rendición de cuentas informal, la mirada del vecino, el reclamo del comerciante, la memoria colectiva, es un mecanismo de control tan poderoso como cualquier auditoría. Cuando ese vínculo se rompe, la ineficiencia deja de tener costo político y se convierte en una opción cómoda.
El Estado de México (EMX), con sus 125 municipios y más de 17 millones de habitantes, ha sido tierra fértil para este fenómeno. He fiscalizado y acompañado procesos donde funcionarios traídos de fuera, muchas veces por cuotas partidistas o redes de compadrazgo que desconocen la geografía, la dinámica social y las prioridades reales de la comunidad. Diseñan políticas de escritorio, replican modelos ajenos y, cuando los resultados no llegan, la culpa recae en "la situación heredada" o en "la falta de recursos". Nunca en su propia incapacidad.
Como doctor en finanzas públicas y especialista en fiscalización superior, sostengo que la eficiencia no es un accidente, es el producto de la rendición de cuentas efectiva. Y ésta florece donde hay pertenencia. El funcionario local sabe que su futuro, el de sus hijos, el de su negocio, su misma reputación está atado al mismo territorio que administra. El foráneo, en cambio, puede marcharse con la misma facilidad con que llegó, dejando tras de sí promesas incumplidas y obras inconclusas.
Esto no significa que todo funcionario externo sea incompetente, ni que todo local sea virtuoso. Significa que el sistema debe privilegiar el arraigo, la evaluación rigorosa y la permanencia. La función pública no es un trampolín ni un botín. Es un servicio que exige conocimiento, compromiso y, sobre todo, consecuencias.
Desde la academia pública he insistido en que la profesionalización y la fiscalización superior son la ruta. Pero añado una condición, quien participa en un gobierno que es un territorio ajeno debe someterse al mismo escrutinio que el local, sin escudos ni complicidades. Porque la ineficiencia, cuando no duele en casa, se vuelve costumbre. Y el Estado de México (EMX) ya no puede permitirse más costumbres de ese tamaño.










