La paradoja del ocio
Los griegos creían que los hombres libres eran quienes podían tener tiempo para la acción o para la contemplación: aquellos que podían dedicarse a las grandes gestas o tenían la posibilidad de observar con calma el entorno y desentrañarlo por el puro deseo de saber.
Para muchas personas, la libertad comienza cuando consiguen dejar de hacer lo indispensable para poder vivir. Designamos como tiempo libre aquel que puede emplearse en lo que cada uno quiere y respecto del cual no tenemos ninguna necesidad.
En nuestra sociedad actual, abundan las actividades ociosas. Podemos dedicar horas enteras a pasatiempos de los que no depende nuestro sustento, ni pueden por sí mismos generar alguna utilidad. Podemos navegar en la red, consumir series o películas, ejercitar habilidades en un sinnúmero de videojuegos y un largo etcétera.
Curiosamente, la posibilidad de dedicarnos a lo innecesario abre puertas a las adicciones. Una adicción tiene la capacidad de convertir un espacio originariamente libre en algo que el sujeto no puede ya controlar. Llama la atención cómo proliferan negocios vinculados a las distintas dependencias que un ser humano puede desarrollar.
Adicciones a distintos estímulos –al alcohol u otras drogas, a los juegos de apuestas o al sexo– están a la orden del día. En otros tiempos, cada una de estas actividades implicaba un cierto esfuerzo; hoy muchas de estas dependencias se alimentan desde la propia computadora o el teléfono celular. De hecho, muchas de esas tecnologías están diseñadas para captar la atención, fomentar la liberación de dopamina y propiciar el enganchamiento del usuario, prácticamente sin hacer nada.
La problemática de los vicios es que restan libertad a la persona. Las conductas, una vez que se han enraizado en un sujeto, lo vuelven proclive a la realización de esos actos, sin que siempre pueda evitarlos. Así como las virtudes desarrollan una segunda naturaleza que posibilita la vida buena, los vicios y las adicciones provocan una enorme facilidad de actuar en contra de lo conveniente y abren la puerta a dejar de actuar con libertad.
Una nota característica de las adicciones es que consiguen atrapar a quien las tiene. Ya no puede decidir cuándo realizar esa actividad y en qué momento cesarla. En ocasiones se desencadenan procesos que se desenvuelven sin la plena voluntariedad de su protagonista.
Es aquí donde surge la gran paradoja: el ocio, antaño gran paradigma de lo libre, se convierte en puerta de la propia esclavitud. Ya Pascal decía que muchos de los males del mundo se deben a la incapacidad del hombre de gestionar su propia soledad.
¿Por qué para algunos la ociosidad es fuente de creatividad y, para otros, puerta de los vicios? Quizá la diferencia tenga que ver con algo conocido como interioridad. Hay personas que en su ocio salen de sí mismas sin tomarse tiempo para expandir su propio yo; otras, en cambio, emplean ese tiempo para cultivarse a sí mismas.
Cuando vivimos la vida solamente hacia fuera, no sabemos estar con nosotros mismos. Cada vez que dedicamos tiempo a la lectura, la reflexión o eso llamado silencio creador, damos la oportunidad de que surja lo más profundo de nuestro interior. El silencio no es solamente la ausencia de ruido, es habilitar la escucha de nuestra propia voz. En cambio, si saturamos nuestra mente y nuestro tiempo con puro estímulo externo, es posible que no se consiga conocer lo que llevamos dentro.
La mejor apuesta por la libertad es aprender a expandir nuestra propia personalidad; darnos tiempo para pensar y conocernos. Solo conquistando nuestro mundo interior seremos verdaderamente libres en el exterior. Una lucha titánica, cuando hay millonarios algoritmos buscando lo contrario. No obstante, hace falta un nuevo giro al interior, pues es la única manera de devolverle al ocio su propósito original: ser un auténtico camino hacia la libertad.










