La reforma electoral
Durante muchos años las elecciones fueron organizadas y calificadas por el Estado. Cuando el partido en el poder es árbitro y contendiente, surge inevitablemente un conflicto de interés. Por ello, tras muchas luchas se logró la creación de un instituto, integrado por personas no pertenecientes a los partidos, para garantizar elecciones verdaderamente libres. Así, los resultados desprendidos de la jornada electoral reflejarían la voluntad de los votantes.
Organizar una elección requiere, en un país tan grande, de una logística de cierta envergadura. Hace falta integrar un conjunto de condiciones que permitan que todos voten, capacitar a los ciudadanos que fungirán como funcionarios de casillas, recolectar las boletas y realizar los procesos necesarios para comprobar que las actas de escrutinio recogen lo realmente acontecido. Lo más importante es contar con elecciones confiables. Lo barato, dice el refrán popular, sale caro. Quizá, como sucede en todos los ámbitos, la fórmula sea hacer con mayor profesionalidad y eficiencia la tarea gastando lo menos posible. No dudo que sea factible lograrlo con un presupuesto menor al actual, pero determinarlo es un asunto más técnico que político.
Los diputados plurinominales tienen su origen en asegurar una representación que refleje el porcentaje de votos obtenidos en la elección. Con ello se busca que la Cámara de Diputados esté conformada no solamente por quienes ganaron sus distritos, sino que también esté integrada por candidatos emanados de los distintos partidos según la cantidad de votos recibidos por cada instituto político. Se procura así evitar que un partido estuviera sobrerrepresentado y que no haya espacio en el Congreso para escuchar la voz de las minorías. El ágora pública requiere la presencia de todas las perspectivas.
El modo de seleccionar a los diputados plurinominales puede tener variaciones. Por ejemplo, podría ser un requisito el haber participado como candidato en algún distrito y reservar solamente unos cuantos espacios para candidatos que no entraron de manera personal en la contienda electoral. Fórmulas hay muchas, siempre y cuando preserven lo importante: contar con un Congreso donde esté representada la pluralidad de la república.
Una reforma electoral debe garantizar elecciones confiables, minimizando la posibilidad de que la elección sea cuestionada por considerar que se presentó una inequidad o que los resultados son consecuencia de una serie de triquiñuelas que merman su credibilidad. El fraude electoral es una realidad histórica que no podemos permitir vuelva a acontecer.
En la medida en que contemos con resultados transparentes y con procesos claros, tendremos la certeza de que el voto ha sido respetado. Si el resultado de la elección refleja lo que cada ciudadano ha manifestado en las urnas, el gobierno emanado contará con un capital inicial de confianza ciudadana. La transparencia y pulcritud de la elección facilitan la gobernabilidad y permiten que surja, desde el comienzo, un gobierno legitimado.
Junto con ello importa, mucho por nuestra historia, conseguir que estén representados los distintos pareceres. En caso contrario, corremos el riesgo de volver a la hegemonía de una única perspectiva, de un solo sesgo, mermando nuestra capacidad de dialogar y descubrir opciones que serían imposibles si cada uno permanece atrincherado en su propia visión. La democracia logró sacar del ostracismo la participación de muchos mexicanos que no conformaban el partido que nos gobernó demasiadas décadas. No podemos perder la posibilidad de que se mantengan los mecanismos para la alternancia y la diversidad.
Un punto central de la reforma electoral debería ser impedir que haya financiamientos que procedan del crimen organizado o imposición de candidatos por grupos que buscan el control del Estado para, en contubernio con el gobierno, seguir quebrando la ley.
Ojalá esta propuesta de reforma sea ocasión de un diálogo serio que nos haga preservar el talante democrático de nuestro país. Nuestra Constitución define la democracia como un sistema de vida. Perder garantías democráticas impide corregir abusos.
Hace falta una reflexión más profunda sobre el futuro de nuestro país. La situación que tenemos por delante es compleja. Hay una recomposición del modo en que el mundo está organizado, enfrentamos desafíos económicos que exigen encontrar la confianza necesaria para incentivar las inversiones. No podemos seguir conviviendo con tanta inseguridad. El momento no es sencillo, no podemos retraernos y dejar de participar, pero es necesario hacerlo proponiendo y no únicamente denostando. Hacen falta ideas que nos cimbren y nos hagan pensar en un mejor futuro y en preservar y acrecentar las bases para una democracia que permita recoger la rica pluralidad de nuestro país. No olvidemos que el Estado es de todos y, al mismo tiempo, de nadie.










