La salud, una de las grandes prioridades de Claudia Sheinbaum
El segundo año del gobierno de Claudia Sheinbaum confirma que la transformación del sistema de salud ocupa un lugar central en el proyecto de nación. No se trata únicamente de construir hospitales, adquirir medicamentos o ampliar consultas. La apuesta es mucho más profunda: avanzar hacia un sistema público capaz de garantizar el derecho constitucional a la salud sin que la condición económica de una persona determine la calidad de la atención que recibe.
Ese objetivo representa una ruptura con décadas en las que el sistema sanitario mexicano permaneció fragmentado. Durante años, millones de mexicanos quedaron atrapados entre instituciones con distintos niveles de cobertura, servicios desiguales y una atención que dependía, en buena medida, de la situación laboral de cada persona. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha decidido continuar la transformación iniciada en el sexenio anterior y avanzar hacia un modelo de atención pública más integrado y universal.
Uno de los instrumentos fundamentales de esta estrategia es IMSS-Bienestar. Su consolidación representa un esfuerzo institucional de enorme dimensión: incorporar entidades federativas, infraestructura, personal médico y administrativo, hospitales y centros de salud a una lógica de atención dirigida prioritariamente a quienes no cuentan con seguridad social.
La importancia de este proceso no debe subestimarse. México no puede hablar seriamente de justicia social mientras una parte de la población tenga acceso a servicios médicos por su condición laboral y otra deba enfrentar las enfermedades prácticamente sin protección institucional. La universalización de la atención constituye, por ello, uno de los grandes objetivos sociales del gobierno de Sheinbaum.
El segundo año también ha estado marcado por una mayor inversión en infraestructura sanitaria. Hospitales, clínicas y unidades médicas forman parte de una estrategia que busca acercar los servicios a las comunidades y reducir las brechas territoriales que históricamente han afectado a las regiones más pobres del país.
Pero construir infraestructura no es suficiente. Un hospital sin médicos, enfermeras, medicamentos, equipos y capacidad de atención es solamente un edificio. Precisamente por ello, uno de los desafíos centrales del gobierno ha sido avanzar simultáneamente en infraestructura, contratación de personal, equipamiento y abasto.
En materia de medicamentos, el gobierno ha tenido que enfrentar uno de los problemas más complejos heredados de la administración pública: transformar los mecanismos de compra y distribución para evitar desabasto y garantizar que las medicinas lleguen efectivamente a las unidades médicas.
Aquí es necesario reconocer que los problemas no desaparecen de un día para otro. Existen todavía hospitales y centros de salud donde el abasto debe mejorar y donde los pacientes siguen enfrentando dificultades. Pero también sería equivocado evaluar la política sanitaria únicamente a partir de sus problemas pendientes. El cambio estructural de un sistema tan grande requiere tiempo, coordinación y capacidad administrativa.
La política de salud de Sheinbaum tiene además una característica que merece especial atención: la prevención comienza a recuperar el lugar que nunca debió perder.
La salud pública no puede reducirse a atender enfermedades cuando ya se han desarrollado. La vacunación, la detección oportuna, la atención primaria, la prevención de enfermedades crónicas y la promoción de hábitos saludables son componentes esenciales de un sistema sanitario moderno.
La experiencia reciente con el sarampión demostró la importancia de contar con una política nacional de vacunación capaz de reaccionar ante brotes epidemiológicos y recuperar coberturas. La ampliación de las campañas y la movilización de millones de dosis muestran que la prevención vuelve a ocupar un espacio prioritario en la agenda sanitaria.
También resulta significativo el esfuerzo por fortalecer la atención primaria. El primer contacto del ciudadano con el sistema de salud debe estar cerca de su comunidad y contar con capacidad suficiente para resolver la mayoría de los problemas antes de que se conviertan en padecimientos graves que requieran atención hospitalaria.
La transformación sanitaria también pasa por los profesionales de la salud. Médicos, enfermeras, especialistas, trabajadores administrativos y personal de apoyo constituyen el verdadero corazón del sistema. Sin ellos no existe reforma que pueda funcionar.
Por eso, la ampliación de plazas y la regularización de trabajadores debe entenderse no solamente como una reivindicación laboral, sino como una condición indispensable para garantizar el derecho a la salud. Un trabajador sanitario con estabilidad, capacitación y condiciones dignas está en mejores condiciones de atender a la población.
Hay, además, una dimensión política que no debemos perder de vista: la construcción de un sistema público universal de salud constituye una de las expresiones más claras de la concepción de Estado que impulsa Claudia Sheinbaum. Frente a la idea de que los servicios públicos deben reducirse al mínimo, la presidenta plantea recuperar la capacidad del Estado para garantizar derechos.
La salud no puede ser considerada una mercancía más, es un derecho humano y constitucional. Por eso, el éxito de la política sanitaria no debe medirse solamente por el número de consultas, hospitales o medicamentos adquiridos. Debe medirse por una pregunta mucho más sencilla: ¿una persona puede enfermarse sin que su familia quede condenada a la pobreza?
Ese es el verdadero parámetro. El gobierno de Claudia Sheinbaum ha dado pasos importantes para responder afirmativamente a esa pregunta. La consolidación de IMSS-Bienestar, la inversión en infraestructura, el fortalecimiento de la atención primaria, la política de prevención, la vacunación y los esfuerzos para mejorar el abasto forman parte de una misma estrategia.
Naturalmente, quedan pendientes. Hay que mejorar la disponibilidad de medicamentos, reducir tiempos de espera, elevar la calidad de los servicios, fortalecer la atención especializada y garantizar que las diferencias entre entidades federativas no determinen las posibilidades de recibir una atención digna.
Pero reconocer esos pendientes no significa desconocer los avances. El segundo año de Claudia Sheinbaum deja una conclusión clara: la salud ha dejado de ser un asunto secundario dentro de la agenda pública. Se ha convertido en uno de los grandes campos donde se está disputando el sentido de la transformación nacional.
Y esa transformación tiene un principio que debería ser incuestionable: nadie debe quedar fuera del sistema de salud por ser pobre, vivir lejos de una capital o trabajar en la informalidad.
Construir ese sistema universal será una de las grandes tareas del sexenio; Claudia Sheinbaum ha decidido asumirla. Los avances alcanzados durante estos dos años muestran que el camino está trazado; ahora corresponde profundizarlo hasta que el derecho a la salud deje de ser una aspiración constitucional y se convierta, para todos los mexicanos, en una realidad cotidiana.










