El desierto en la política y los vientos furtivos

                                                          Teresa Gil

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Son voces desde el desierto las oficiales, y la respuesta pretende ser similar a ese entorno:  en aridez y sequedad a algo o a alguien cuya riqueza se ignora. Por esa ignorancia o por interés. Al cumplirse un año y siete meses de este régimen, la oposición desecha todos los tramos de un gran terreno que la civilización neoliberal no aceptaría. Se busca la comodidad de las grandes ciudades,  los lujos, las enormes residencias, los viajes y el dinero a manos llenas que en este entorno no se pueden encontrar.

Si supieran que México tiene el desierto más rico del mundo el de Altar, en especies vivas de todo lo que el ser humano puede llegar a conocer en los desiertos, igual como llegar a conocer a los seres que se desprecian  y se odian, pero que pueden deslumbrarlos con sus aportes y valores. En este inicio de verano México recibió desde el lejano desierto del Sahara, los vientos que en otras ocasiones han recorrido 10 mil kilómetros para llegar a América, antes de pasar por las antiguas civilizaciones y que trajeron problemas de salud en el Caribe mexicano, pero también aportes.

Son vientos densos, delgados  e invasivos, pero que al mismo tiempo sirvieron para enriquecer la tierra, los cultivos, según los expertos.

En la contradicción en la que vivimos ahora en la política, quienes rechazan y se asustan de lo que consideran fenómenos ideológicos, deberían explorar lo que les pueden ofrecer. Cosa que quizá no surtirá efecto en quienes ya vendieron su conciencia y desde aquí o desde el extranjero están  cavando su propio destino.

Altar y el florecer de los desiertos: patrimonio mundial

La presencia del gran desierto del Sahara aunque solo haya sido por el polvo, nos acercó  al tercero más grande del mundo, considerado el más importante y recordó que nosotros también tenemos  desiertos, uno de ellos el décimo en el mundo, el de Chihuahua, que mide 362 mil 400 kilómetros cuadrados. Y en segundo lugar en México, el de Altar, en Sonora, de 200 mil 645 kilómetros cuadrados con 714 mil 566 hectáreas.

Este desierto es una maravilla y forma con el cerro de El Pinacate, la biósfera que la Unesco reconoció como Patrimonio  Mundial de la Humanidad. Rico en cráteres volcánicos, en dunas y otras formaciones desérticas, está considerado el de mayor diversidad en el mundo con mil especies vivas, que desmiente lo de la vida estéril de los desiertos.

Se han reconocido entre esas especies según las enciclopedias digitales, 540 tipos de plantas, 44 tipos de mamíferos, 200 especies de aves, 40 tipos de reptiles, además de insectos y  otras especies diversas. Es tan singular su superficie, que quizá sugiere otros mundos y otros desiertos siderales, que la NASA lo utilizó de 1965 a 1970, para entrenar al personal de las naves Apolo y más recientemente utilizó el cerro El Pinacate que tiene diez boquetes, para entrenar a los astronautas que viajarán al espacio, en 2030.

El desierto y las contradicciones: el Nóbel Albert Camus

El Sahara atraviesa al menos diez países, con dunas, estepas, sabanas, incluidos ríos como el  Nilo. Uno de esos países es Argelia donde nació el Nóbel Albert Camus. Y como es natural el desierto tiene que aflorar en sus obras.  En su libro El verano. Bodas. relato El desierto  ( Edhasa, de Gallimard 2000) Camus en Florencia, compara a un desierto las contradicciones que surgen en ese viaje en su propia conciencia. Después de analizar los cuadros de los grandes maestros, los paisajes que rodean la ciudad italiana y la seducción de esa vida,  “comprendí que en el seno de mi rebeldía, dormía un consentimiento”. Y decepcionado de él mismo, concluye que en ese gran templo desertado por los dioses (que es Florencia) “todos mis ídolos tienen los pies de barro” ¿Podrán reconocer lo mismo esos que se aferran a un pasado y están añorando su regreso?