Los baches
Puede parecer excesivo dedicar una columna a reflexionar sobre los diversos hoyos que proliferan alegremente en nuestras calles. Cada bache es una pequeña o gran amenaza, todo depende de su tamaño, para nuestra seguridad y la de nuestro entorno. Un bache es reflejo del trasiego de un camino, quizá sería más fácil que no hubiera ninguno si no se usara; también es la historia de un cierto descuido, pues ilustra la necesidad de reparar con constancia la materia que de suyo tiende a resquebrajarse.
Un bache es expresión de una carencia. No se encuentra algo donde debería estar y en su lugar está una ausencia que puede tener interacciones dramáticas con quien transita. El bache puede ponchar o reventar una llanta, provocar un giro brusco para ser esquivado, ser protagonista involuntario de una volcadura o un choque. Es un testigo mudo del deterioro que atraviesa el mantenimiento de nuestros caminos.
Más preocupante me parece que se convierta en una metáfora. El bache puede ser una imagen donde veamos reflejadas tantas inconsistencias que aquejan nuestra patria. La falta de cohesión que crece con la polarización y que provoca unos huecos inmensos en nuestro tejido social. Un bache en nuestra convivencia que impide que transitemos cómodamente entre nosotros.
También un bache puede ser un símbolo de las profundas desigualdades que subsisten en nuestra patria. Habitamos espacios de increíble riqueza que conviven con otros de inmensas carencias. Quizá el bache que más agranda la distancia sea la insensibilidad, la incapacidad de empatizar con la carencia ajena pensando que es un accidente irremediable de la sociedad. Al fin y al cabo, un bache es una imperfección que parece inevitable.
Desde otra perspectiva, un bache puede encontrarse en la incapacidad de encontrar una respuesta articulada a un desastre natural. Es cierto que la aparición de un fenómeno natural es algo que no puede controlarse, pero sí puede prevenirse. El bache aquí es la distancia no resuelta entre el conocimiento de la proximidad del desastre natural y la falta de acciones que podrían evitar la tragedia con una prevención oportuna. Los baches son la falta de comunicación, la inacción, la incompetencia o la simple idea de que nada puede hacerse.
También hay baches en los diálogos que acaecen en nuestras cámaras. Así lo revela el voto consistente del partido en el poder, a favor y partidos de oposición, en contra. El bache está en la capacidad de alcanzar acuerdos, que parece una realidad innecesaria con una mayoría aplastante y amenaza con perder de vista otras ópticas que pueden arrojar nuevas riquezas.
Se asoman también baches en la percepción de nuestra seguridad. Se consolida la sensación de que la inseguridad ha llegado para quedarse, que no solamente es un bache sino un socavón de dimensiones crecientes y profundamente preocupantes.
¿Qué hacer con tanto bache? Aprender a manejar con esa contingencia y procurar encontrar los modos de repararlos. No caer en la convicción de que un bache es parte inevitable del panorama urbano de cualquier ciudad grande. No consentir en aceptar los baches políticos como la consecuencia natural de la dinámica política. Hace falta una cruzada para rellenar tantos faltantes y colmar las ausencias con propuestas y colmar los huecos con esperanza. Y claro está evitar, tarea titánica, caer en otro bache.










