México en medio de la tormenta energética
En economía solemos hablar de tendencias como si fueran inevitables. Venimos escuchando desde hace muchos años, incluso décadas, que el petróleo estaba perdiendo relevancia, que el futuro energético sería completamente distinto y que los conflictos del siglo XXI se definirían por tecnología, datos o semiconductores.
Yo mismo lo pensé con seguridad más de una vez.
Pero basta mirar lo que está ocurriendo hoy en el mundo para entender que la realidad rara vez sigue los guiones que escribimos en los análisis. El petróleo volvió al centro del tablero internacional, y lo hizo de la forma más cruda posible; lo hizo a través de tensiones geopolíticas y conflictos armados…otra vez.
Los ataques y bloqueos en el Estrecho de Ormuz han puesto nuevamente en evidencia lo frágil del sistema energético global. Por ese punto estratégico transita cerca del 20 por ciento del petróleo que consume el planeta, además de una parte muy significativa del crudo que abastece a Europa.
No es una cifra menor. Es el tipo de dato que explica por qué los mercados reaccionan, por qué los gobiernos se inquietan y por qué el mundo entero vuelve a mirar con atención una franja marítima que muchos (la mayoría) apenas sabrían ubicar en el mapa.
Europa lo está sintiendo con especial fuerza. La dependencia energética que durante años parecía manejable hoy se convierte en una presión económica real y dramática. Cada ataque, cada amenaza, cada interrupción en el flujo de petróleo genera incertidumbre en los mercados y preocupación en los gobiernos.
Y en medio de ese escenario global, me parece inevitable lanzar esa pregunta que muchos se están haciendo, ¿dónde queda México en todo esto?
No voy a caer en triunfalismos, ni en pesimismos. La economía mexicana no está viviendo un momento extraordinario, no. El crecimiento ha sido moderado, la inversión todavía tiene retos importantes y muchos quisiéramos ver cifras más dinámicas. Pero también creo que conviene mirar el tablero completo.
Hoy el mundo se mueve entre tensiones comerciales, amenazas armadas, incertidumbre energética y reacomodos geopolíticos. No así, México, incluso con sus propias dolencias y amagues, ha logrado mantener estabilidad.
Puede parecer poco, pero en el contexto internacional actual no lo es. Mientras otras economías enfrentan presiones energéticas directas, volatilidad política o problemas fiscales más severos, México ha conseguido sostener cierta estabilidad macroeconómica. Inflación moderándose, un sistema financiero sólido, una deuda pública manejable y un tipo de cambio que ha demostrado más resiliencia de la que muchos anticipaban.
No, eso no significa que todo esté resuelto. Ni mucho menos. Pero sí significa que el país tiene una base desde la cual puede moverse con más margen que otras economías.
Y aquí entra un elemento que, en mi opinión, merece mayor atención, consideración y un plan de acción como oportunidad de oro; la posición energética de México.
Mientras Europa observa con preocupación lo que ocurre en el Estrecho de Ormuz, México sigue siendo un país productor de petróleo. No el gigante energético que alguna vez fue, pero sí una economía con capacidad de producción propia. En medio de los momentos de tensión energética global que estamos viviendo, ese hecho adquiere una dimensión distinta.
Lo que desde un enfoque simplón parecería vulnerabilidad (la volatilidad del petróleo), en realidad puede convertirse en una gran oportunidad. No hablo de apostar todo al crudo ni de regresar a una visión petrolera del desarrollo económico. El mundo está cambiando y la transición energética seguirá avanzando.
Pero las transiciones energéticas no ocurren de un día para otro. Durante décadas seguiremos aun viviendo en un sistema energético híbrido donde el petróleo, el gas y las energías renovables convivirán. Y en ese periodo intermedio, los países que producen energía tendrán un margen de maniobra mayor que aquellos que dependen completamente del exterior.
Desde mi punto de vista, México debería entender este momento con serenidad y con inteligencia estratégica.
La pregunta no es si el petróleo volverá a dominar la economía global como en el pasado. Probablemente no. Pero hoy, sí puede convertirse en un factor de posicionamiento económico, en un juego en el que la energía vuelve a ser tema de seguridad nacional. Y eso abre una posibilidad interesante.
Creo que si el país logra combinar estabilidad macroeconómica, integración comercial con América del Norte y una política energética razonablemente coherente, podría posicionarse mejor en medio de esta nueva etapa de incertidumbre global. No es una receta mágica; tampoco una garantía automática de crecimiento, pero sí es una oportunidad, insisto.
A veces, en medio de crisis globales, los países no avanzan por tener condiciones perfectas, sino simplemente por tener condiciones menos frágiles que otros. México no está viviendo un boom económico. Tampoco está entrando en una crisis profunda.
Hoy nuestro mundo navega entre tensiones energéticas, conflictos geopolíticos y mercados nerviosos…nuestro país, al menos hasta ahora, se mantiene a flote. Pero, ¿queremos realmente mantenernos a flote? ¿O convertirnos en una de esas naciones que, en medio de las grandes crisis, resurgieron como potencias?










