México: mucho más que un grito de gol
El fenómeno del deporte no deja de sorprender. La magia del futbol tiene un lugar especial en la vida de México. Hemos conseguido ya una medalla de oro en las Olimpiadas, en cambio, en los Mundiales hemos estado lejos de ganar la copa; no obstante, en cada Mundial se renueva el sueño de alcanzar la gloria. Emociona la viveza para creer que los mexicanos, somos capaces de vibrar y celebrar un agónico triunfo frente a Corea como si fuera una victoria definitiva. No digamos del contundente 3-0 propinado a Chequia, ¡por fin triunfantes en los tres primeros partidos! Nos gusta la fiesta y encontramos fácilmente motivos.
Tenemos una vena contrastante y frecuentemente sonrojamos a muchos. No se me olvida la cara de unos vecinos alemanes cuando pasaron en México su primera celebración del Día de Muertos. Mientras ellos evitan mencionar cualquier alusión a la muerte, aquí los invitamos a una fiesta. Erigimos altares, preparamos comida para compartirla con los del más allá, llenamos los panteones, hacemos poesías lúdicas para imaginar el modo más chusco en que podríamos fallecer. Pocas naciones tienen instalado en sus calendarios los magníficos 'puentes' que año con año nos regalamos los mexicanos para gozar y hacer pachanga. Inventamos las posadas porque es insuficiente un día para celebrar la Navidad y sin ningún reparo hemos logrado insertar en nuestro calendario el periodo festivo Guadalupe-Reyes.
Poseemos mil formas de bromear. Desde la ironía hasta el albur, sin olvidar la creatividad de nombrar a otros con un apodo que termina siendo sello distintivo toda la vida. Hacemos del sobrenombre identidad y no son pocos los mexicanos que lo convierten en su carta de presentación. Es esa misma necesidad de fiesta y de vivir el momento la que nos hace saltar a las calles. Desde el silbatazo final resuenan los cláxones en todo lugar. La semana pasada en la Avenida Reforma de la Ciudad de México se congregaron 800 mil personas. Celebraron toda la noche incluso bajo la lluvia y dejaron a su paso toneladas de basura. Todos pensaban que la fiesta incluía abandonar los desperdicios en el lugar. Nos falta cultura para lograr un mínimo de responsabilidad cuando el relajo es la guía del momento. ¡Vivir para el momento!
Sorprende la capacidad de organización para montar un festejo en cualquier instante. La facilidad para incluso recurrir a un préstamo con el propósito de hacer una fiesta inolvidable, aunque luego se pase mucho tiempo pagando el suceso. Contrasta la incapacidad de planear a largo plazo o asumir un riesgo más serio. El espíritu emprendedor está ahí, pero entre la burocracia extenuante y la falta de un planteamiento más profesional sobrevivimos en medio de la informalidad y la incertidumbre de consolidar algo más estable.
Brincan multitudes a las calles para corear unos cuantos goles, para celebrar una victoria con la cual olvidar los diarios sinsabores de nuestra patria. No salimos con ese mismo entusiasmo a exigir otras cosas. Quizá porque son pocas las realidades que nos emocionan o importan a todos.
La gracia del futbol es que despierta algo profundo de nuestro ser. Aviva el orgullo de ser mexicanos y nos hace vibrar con la gesta donde unos cuantos ponen, aunque sea por unos minutos, el nombre de México en alto. No parece haber otras muchas con la fuerza para congregarnos todos y cantar al unísono 'Cielito lindo', o provocar en un juego una ola humana que termina poblando los estadios de todo el mundo.
En nuestra historia hay grandes inventores, médicos notables, astronautas, premios Nobel, grandes artistas. Sin duda México tiene grandes expresiones culturales, nuestras ciudades se engalanan con una magnífica arquitectura, poseemos una cocina envidiable y nuestra geografía está repleta de bellezas naturales. Nada, salvo la Virgen de Guadalupe, provoca tanto entusiasmo como el futbol.
¿Qué tenemos que hacer para lograr un horizonte común que nos permita enraizar nuestro orgullo mucho más hondo? ¿Cómo hacerle para vibrar y engrandecer con más firmeza el nombre de México? Quizá sea el momento de no gritar solamente el viva México después de un partido de futbol, sino en la cancha de todos los días, para exigir y forjar el país que merecemos.










