México no recibe órdenes: la soberanía no se negocia
Hay momentos en que guardar silencio deja de ser prudencia y empieza a parecer resignación, México atraviesa uno de ellos. Nuestra relación con Estados Unidos es y seguirá siendo estratégica: compartimos frontera, comercio, familias, migración, cultura y problemas comunes. Debemos cooperar y aspirar siempre a una relación de amistad. Pero México no es subordinado de nadie.
Frente al endurecimiento del lenguaje de algunos sectores políticos estadounidenses, la respuesta debe ser serena y firme: México es una nación libre, independiente y soberana. Esa soberanía no es concesión extranjera ni depende del gobierno en turno; es resultado de más de dos siglos de lucha y se funda en una verdad constitucional elemental: la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo.
Precisamente porque somos soberanos podemos y debemos cooperar con Estados Unidos en seguridad, fentanilo, lavado de dinero, tráfico de armas, inteligencia y frontera. Pero toda cooperación exige reciprocidad. No puede exigirse a México combatir a quienes producen y transportan drogas mientras se ignora a quienes las distribuyen, consumen o financian del otro lado de la frontera. El crimen organizado es transnacional; la responsabilidad debe ser compartida. Pero responsabilidad compartida jamás significa soberanía compartida.
Esa es una frontera que México no debe permitir que se cruce. Cualquier pretensión de realizar operaciones militares extranjeras unilaterales en nuestro territorio debe ser rechazada. Nuestros problemas de seguridad son graves, pero precisamente porque son nuestros debemos resolverlos fortaleciendo al Estado mexicano, no sustituyéndolo.
La presión sobre una nación ya no adopta solo formas militares. También puede expresarse mediante aranceles, sanciones, restricciones comerciales, visas, investigaciones extraterritoriales o acceso a sistemas financieros. México debe leer esa realidad sin estridencias, pero sin ingenuidad. La integración económica de América del Norte es una oportunidad extraordinaria, siempre que el T-MEC siga siendo instrumento de prosperidad compartida entre tres Estados soberanos, no un mecanismo de amenaza política.
La democracia mexicana pertenece exclusivamente a los mexicanos. Podemos tener diferencias profundas entre partidos y proyectos de nación; eso es la democracia. Pero nuestras diferencias internas terminan donde comienza cualquier pretensión de intervención extranjera.
Ningún mexicano debería buscar fuera de nuestras fronteras aquello que no puede obtener mediante los votos. Ningún gobierno extranjero debe decidir qué dirigente mexicano es aceptable, quién puede competir o qué proyecto debe gobernar la República. Las diferencias de México se resuelven en México: en las urnas, el Congreso, los tribunales y nuestras instituciones.
Defender la soberanía no significa proteger delincuentes ni corruptos. Si un funcionario mexicano viola la ley, debe responder ante ella. Pero una acusación extranjera no puede sustituir automáticamente a nuestras instituciones. Si existen evidencias, deben presentarse por las vías jurídicas correspondientes. Ésa es la diferencia entre cooperación institucional y subordinación política.
La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha resumido con claridad: coordinación, sí; subordinación, no. No es una frase circunstancial, sino una concepción del Estado mexicano y continuidad de una tradición histórica de política exterior.
La verdadera defensa de la soberanía consiste en construir un México fuerte: con seguridad en sus comunidades, industria, ciencia, tecnología, energía, salud y empresas competitivas. No habrá independencia plena si dependemos del extranjero en sectores estratégicos ni soberanía territorial donde el crimen pretenda sustituir al Estado. Un Estado débil proclama independencia; un Estado fuerte coopera sin someterse.
México no quiere ni necesita una confrontación con Estados Unidos. Sería absurdo plantearla. La prosperidad de ambos pueblos está vinculada y muchos problemas solo podrán resolverse juntos: narcotráfico, migración, infraestructura, cadenas productivas y desarrollo regional. Pero una amistad verdadera solo puede construirse entre quienes se reconocen mutuamente como iguales.
México respetará el derecho de Estados Unidos a defender su seguridad nacional y debe exigir el mismo respeto para la nuestra. Podemos dialogar, negociar y cooperar aun frente a diferencias profundas. Lo que nunca debe colocarse sobre ninguna mesa de negociación es nuestra independencia.
Antes que integrantes de cualquier partido somos mexicanos. Antes que cualquier coyuntura electoral está la República y antes que cualquier interés económico está la Nación. México quiere amistad con todos los pueblos, cooperación con todas las naciones y confrontación con ninguna. Pero hay una decisión que nunca podrá delegar: México se gobierna desde México y recibe órdenes solamente de su pueblo.










