Mirar con perspectiva
La vida política suele ser consecuencia de haberse dejado interpelar por situaciones que nos mueven a actuar. Muchas personas se involucran en su comunidad al observar cosas que no les gustan y quisieran transformar. Poner manos a la obra, empatizar con los problemas forja y enciende el compromiso. El involucramiento va consolidando una serie de ideas, en función de las cuales, diseñamos planes para resolver las dificultades que nos aquejan.
Es cierto que las cosas pueden cambiar en función de nuestro actuar. Pero también es verdad que la realidad está sujeta a otros actores y, por tanto, al tratarse de algo vivo también cambia con independencia de nuestras acciones. Por eso, es necesario mantener la mirada abierta a los sucesos, de modo que ajustemos nuestro análisis a las mutaciones del entorno. Así garantizamos que nuestras ideas sigan vigentes y sean adecuadas para guiarnos en función de lo que realmente está pasando.
Este principio de adaptación y perspectiva es fundamental al analizar proyectos políticos de largo alcance. En este contexto, el propósito de la autodenominada 4T, aunque raye en lo obvio, busca generar una transformación de México. Desde la óptica de este movimiento es preciso quitar todo aquello que sea fruto del neoliberalismo y diseñar una nueva estructura capaz de soportar, por mucho tiempo, el rumbo considerado como correcto por este grupo. Su objetivo trasciende la simple gobernanza: su meta es una transformación nacional cuya vigencia se extienda por muchos años
Esta ambición reformadora se manifiesta en la manera en que han ido desplegando un plan para modificar la regulación de nuestro país. Se han eliminado una serie de organismos autónomos que eran un contrapeso del Estado y se han devuelto esas facultades de control al Ejecutivo; se ha rediseñado el poder judicial con una visión distinta, también en los conceptos jurídicos, que prevalecían en la impartición de justica previa a los cambios. La voluntad de modificación ha llevado, en diversos momentos, a presentar un plan A, B o C. Esta insistencia tiene que ver con una agenda que, al parecer, tiene un cariz irrenunciable para quienes dirigen la 4T.
Ahora fue el turno de la reforma política. Los aliados del movimiento, e incluso algunos integrantes de Morena, no votaron a favor de esta iniciativa y, tal como se ha ya anunciado, volverán a la carga con un Plan B. Llama la atención que se insista en un cambio que no parece contar con el beneplácito de los aliados, cuyos votos requieren para su aprobación.
¿Por qué tanto empeño? Esta reiteración constante resulta desconcertante al contrastar la agenda interna con una realidad externa que choca, El presidente de los Estados Unidos ha señalado su deseo de cambiar las cosas en Venezuela, su disgusto con Irán y, con la guerra en Oriente Medio en marcha y, en días recientes, aun en plena guerra, ha convocado a una reunión con otros países latinoamericanos para volver a poner en la mira el narcotráfico mexicano.
Es claro que la idea de una intervención militar unilateral y directa de los Estados Unidos en el interior de México es preocupante e inaceptable. De cualquier modo, pareciera que las alertas respecto de esta amenaza tendrían que provocar un foco de atención mayor para mostrar que las acciones tomadas en México para contener a los cárteles van en la dirección correcta. Esta tarea parece primordial y, en medio de esto, resulta más inquietante que se dedique tanto tiempo a una reforma electoral que no parece contar con los atributos para lograr consenso. El mayor riesgo que tiene quienes dirigen el proyecto es el de enamorarse de sus ideas y dejar de mirar los cambios para preguntarse sobre la oportunidad de plantear esa propuesta en este momento crucial.
Los nubarrones sobre la ya frágil economía se incrementan con los tambores de guerra. La próxima renegociación del tratado comercial con el vecino del norte requiere de mucha atención. La necesidad de propiciar un crecimiento, establecer una política constante para detener con firmeza al crimen organizado, impedir la penetración de este dentro del aparato del poder exigen volcar la atención a estos temas emergente.
La situación que enfrentamos tiene una inestabilidad especialmente intensa. Los acontecimientos en lo que va de este año han sido frenéticos y no parece que su ritmo vaya a disminuir. Frente a tanta incertidumbre, la verdadera perspectiva no está en el proyecto concebido para circunstancias pasadas, sino en la capacidad de ajustar la transformación a la realidad que realmente nos acecha. La pregunta que no admite dilación ¿es qué es lo más oportuno para esta convulsa situación?










