Mirar la realidad sin edulcorantes
En México enfrentamos una violencia desbordada. Hace muchos años existían panfletos especializados en difundir la nota roja; desde hace algún tiempo, estas noticias aparecen con frecuencia en las primeras planas de todos los medios de información: crímenes, desapariciones, fosas clandestinas y ciudades donde se libra una batalla contra el crimen organizado. Los hechos y las cifras son contundentes: vivimos una auténtica tragedia. La situación no es nueva y proviene de un largo camino que se multiplica y se hace presente de manera constante.
El primer paso para resolver un problema es reconocer dónde estamos, cuáles son las características del entorno, con qué contamos para alcanzar el propósito deseado y cuáles son las insuficiencias que deben remediarse. La objetividad es pilar fundamental de cualquier diagnóstico: no importan deseos ni gustos, es preciso mirar la realidad en toda su crudeza, sin sesgos.
La tarea de diseccionar una realidad implica observarla tal cual es. Supone una despersonalización que busca recabar datos sobre el estado de las cosas. La objetividad exige rendir el entendimiento a la realidad externa, sin distorsionar los datos. Requiere mirar con entereza las condiciones propias o del equipo encargado de gestionar un proyecto, para determinar qué atributos permiten emprenderlo con éxito o qué debe hacerse para capacitarse y afrontar el reto.
Antes de indagar las causas, importa reconocer la realidad. Hoy en México tenemos conductas violentas arraigadas en la cotidianeidad. Durante muchos años se han realizado acciones insuficientes y se han tenido omisiones que nos colocan ante una realidad lacerante y preocupante.
No basta atender solo a los datos: es imprescindible hacer un recuento de las causas. El florecimiento del narcotráfico y del crimen organizado ha incrementado ingresos ilícitos; la larga historia de un país donde la ley y la justicia son privilegio antes que derecho; una desigualdad social profunda; la desconexión entre ciudadanos y órganos gubernamentales; y una sociedad marcada por la desconfianza.
Para que un análisis tenga éxito se requiere admitir la realidad con todas sus letras, evitar la adjudicación fácil de culpables y contar con una disección lúcida de las causas. Solo así se pueden atacar los verdaderos problemas y lograr cambios.
La situación no tiene una solución pronta ni sencilla. Reclama un trabajo organizado entre gobierno y ciudadanos, una recomposición de taras históricas que han permitido que el crimen campee en muchas partes del país. Urge sumar esfuerzos y abandonar la defensa a rajatabla de lo hecho, para poner el énfasis en lo que debe hacerse.
El filósofo y empresario mexicano Carlos Llano distinguía entre dificultad y problema: una dificultad es una situación incómoda que puede superarse sin impedir el resultado; un problema es un obstáculo capaz de impedir alcanzar el fin propuesto.
En política, la falta de consenso no es en sí misma un problema. El verdadero problema surge de la incapacidad de aceptar la realidad como es y de pretender ajustarla por decreto a una narrativa propia, así como de la incapacidad de lograr propósitos comunes integrando disensos.
Si el diagnóstico se reduce a una lucha de narrativas o a la búsqueda de culpables, la atención se aleja del verdadero problema. Si no conocemos la realidad y no procuramos cambiarla, tarde o temprano nos veremos inmersos en un mundo distinto al que soñamos. La razón será simple: no enfrentamos la realidad y condenamos la acción a la irrelevancia.










