Morena: entre la lealtad a la 4T y la traición a sus principios
A siete años de que Morena asumiera el poder en buena parte del país, es evidente que el movimiento de la Cuarta Transformación atraviesa una etapa de contradicciones. Nació con una fuerza inédita, con un discurso que prometía acabar con décadas de corrupción y traiciones a la ciudadanía. Su lema —“No robar, no mentir y no traicionar al pueblo”— se convirtió en la columna vertebral de un proyecto que ilusionó a millones de mexicanos cansados de la vieja política. Sin embargo, el paso del tiempo ha revelado que no todos los actores dentro del partido han sido capaces, o han querido, sostener esos principios.
La llegada de Claudia Sheinbaum Pardo a la Presidencia de la República representa la continuidad de un modelo de gobierno que busca mantenerse fiel a los ideales de la 4T. Su estilo ha sido, hasta ahora, un intento de consolidar lo que su antecesor, Andrés Manuel López Obrador, inició: cercanía con la ciudadanía, austeridad como política de Estado y la búsqueda de un cambio estructural en la forma de gobernar. En Sheinbaum se observa un compromiso por mostrar que Morena no es solo un partido en el poder, sino un movimiento que puede gobernar con responsabilidad.
No obstante, el contraste con muchos militantes del partido es abismal. Mientras la presidenta predica con el ejemplo, diversos funcionarios locales y estatales de Morena han quedado atrapados en prácticas que recuerdan a los viejos vicios de la política mexicana: corrupción, tráfico de influencias, clientelismo, uso discrecional de recursos y, sobre todo, una desconexión con las necesidades reales de la gente.
Es lamentable que, mientras desde la Presidencia se repite insistentemente el lema que dio identidad al movimiento, en los hechos cotidianos de muchos gobiernos morenistas se viva lo contrario. La ciudadanía observa cómo, en lugar de consolidar el cambio, algunos políticos del partido se han dedicado a reproducir la misma política de simulación que tanto criticaron en el pasado.
Este escenario plantea un reto mayúsculo para Morena: cómo mantener viva la esencia de la Cuarta Transformación cuando dentro de sus filas hay quienes parecen más interesados en el poder que en la transformación. El partido se juega su credibilidad en cada gestión local y estatal, porque ahí es donde el ciudadano común mide si el cambio es real o solo retórico.
El riesgo es claro: si Morena permite que sus representantes sigan actuando con incongruencia, el movimiento podría terminar desgastado y perdiendo la confianza que lo llevó a convertirse en la primera fuerza política del país. Porque los principios que enarbola —honestidad, transparencia y lealtad al pueblo— no son simples frases bonitas, son compromisos que deben cumplirse con hechos.
La historia reciente de México demuestra que ningún partido político es eterno en el poder. La fortaleza de Morena dependerá de su capacidad para mantenerse fiel a los ideales que lo hicieron distinto. Y esa fidelidad no puede recaer únicamente en la figura de la presidenta o en la memoria de López Obrador, sino en cada militante, en cada funcionario, en cada decisión de gobierno.
La ciudadanía no olvida, y mucho menos perdona, las traiciones. Morena debe recordar que la Cuarta Transformación no es un eslogan, sino una obligación moral. El futuro del partido y del país depende de que sus gobernantes estén a la altura de esa promesa: no robar, no mentir y no traicionar al pueblo.
Gracias por leerme.










