La necesidad de recobrar el talante democrático
La democracia se integra por fuerzas paradójicas. Los partidos están orientados a la obtención del poder. En cambio, la estructura democrática integrada para garantizar la posibilidad de la alternancia entre los partidos y, de ese modo, evitar la prevalencia de una fuerza sobre las otras. El equilibrio de las fuerzas contra la prevalencia de una sobre otras. Estas fuerzas se complementan y limitan. Hacen posible la realidad de la democracia.
El secreto de las democracias modernas radica en la posibilidad de una contienda equitativa, de la división de poderes como limitación de unos y otros. Así, tanto los partidos que no se encuentran gobernando como aquellos que lo están, pueden participar en elecciones que hacen posible que la decisión de quien detenta el poder recaiga en los votantes. El garante de la democracia no es el poder, es la ciudadanía de a pie.
Por ello, una democracia se funda, al menos en principio, en la existencia de equilibrios. De modo que existan los mecanismos para poder cuestionar el ejercicio del poder, la existencia de métodos para lograr que el gobierno rinda cuentas y permitir que la ciudadanía siga siendo la llave para el acceso al poder.
Así, mientras los partidos trabajan para acceder y preservarse en el poder. El entramado democrático establece límites, para impedir la permanencia autoritaria en el poder. Por ello, toda democracia debe favorecer que en las cámaras exista un debate robusto, que las leyes y propuestas consigan, en la medida de lo posible, la aquiescencia de los otros grupos políticos. Hacer de las cámaras un reflejo de las diversas ideas que integran la poliédrica realidad nacional. Evitar el empleo de la mayoría ignorando los reclamos de la minoría.
El talante democrático se consigue respetando el DNA de la misma democracia. Por más extraño que parezca éste, quizá podría formularse diciendo que se trata de: aunar la búsqueda de la victoria con la posibilidad de la derrota. Ganar con altura y perder con elegancia. Gobernar sin humillar y disentir sin descalificar. Ser firme sin perder la compostura.
Por ello, parece oportuno recordar algunos de sus elementos: escucha respetuosa del disenso, apertura para enriquecer la propia visión con los aportes de otras miradas. Diálogo con el deseo de encontrar vías que solo son posibles con el aporte de todos. Del gobierno exige apertura y generosidad con las fuerzas minoritarias; de la oposición el abandono de la estridencia y el no permanente a todo, para aplaudir los aciertos, apoyar los esfuerzos y no perderse en críticas estériles o histriónicas que poco abonan a elevar el diálogo.
Hace falta una voluntad de transparencia. Dejar que las cosas sean claras y se vean. Así se puede facilitar que los gobernados sepan sin opacidad lo que acontece, tomen sus decisiones, apoyen o repudien las iniciativas que se van gestando.
El espíritu democrático conlleva también que cada partido sepa ser lo que realmente es. Que haya una congruencia entre lo que pregona en las campañas y lo que se vive cuando se es gobierno. El principal peligro de la democracia radica en la imposibilidad creciente de los partidos de advertir sus propios defectos, mientras los denuncian en los partidos contrarios. La democracia comienza con la autocrítica que permite transparentar la propia realidad. Única vía para lograr los cambios profundos y verdaderos en cualquier organización.
Quien preside una Cámara, ya sea la del Senado o la de Diputados, tiene que velar porque en la discusión participen todas las voces, se digan las distintas posturas y cuando la cuestión se ha analizado suficientemente se vote. Tendremos al frente de las dos cámaras a dos mujeres. Ojalá su conducción haga el diálogo parlamentario más democrático. Si logramos que se escuchen todas las voces, y todas construyan, sin duda tendremos más posibilidades de construir el México que todos queremos.






