¿No somos iguales?
Una característica de la polarización es satanizar a quien piensa distinto. Esta conducta acontece en ambos extremos de la balanza y permite imaginar una diferencia inexistente entre quienes operan de modo bastante similar. El razonamiento de los opuestos radicales tiene como rasgo el adjudicar puras características positivas a quienes sitúan de su lado y verter toda clase de descalificaciones cuando se trata de sus contrincantes.
Pueden servir para ilustrarlo algunas reacciones ante temas similares. Por ejemplo, con la reciente aprehensión de Ernesto Ruffo —sobre quien no tengo elementos para señalar si es inocente o culpable— quienes le juzgan sin culpa esgrimen como defensa a su inocencia el haber sido el primer gobernador emanado de la oposición al PRI. En cambio, quienes lo consideran culpable desestiman la protesta de un grupo internacional de políticos, señalando que solamente buscan proteger a las élites. Así como el logro político de Ruffo no es un argumento jurídico para solicitar su exoneración, la pronta descalificación de la protesta internacional tampoco lo es para mostrar su culpabilidad.
Llama la atención la diferente manera como la izquierda y la derecha juzgan un gobernante autoritario, cuya conducta no se ajusta a los cánones de la democracia. Pensemos en Bukele de El Salvador, cuya mano dura cuenta con múltiples defensores, casi todos de derecha, aunque pisotee los derechos humanos de miles de personas. O, por el contrario, como la izquierda, después de mirar la cancelación de elecciones de Ortega en Nicaragua, no vacila en designar ese acto dictatorial como autodeterminación de los pueblos.
Quizá convenga recordar que tener una determinada ideología no garantiza una conducta ética. Hay una distancia entre las ideas políticas y la conducta humana. Por ello, en la historia ha habido fraudes, dictaduras, crímenes horrendos tanto de la derecha como de la izquierda.
Uno de los componentes de las personas que usan como estrategia la polarización tiene que ver con la exaltación de los suyos, junto con la execración de sus contrarios. Eso sucede entre tirios y troyanos, y ambos se refugian en señalar que sus adversarios no tienen autoridad moral, carecen de autenticidad para acusar. El recurso fácil ante la señalización de la mala conducta de los propios no suele ser el del reconocimiento y la rectificación, sino, en cambio, el de traer a cuento la conducta inadecuada del otro.
Si se analiza con detenimiento y desapasionamiento, es fácil descubrir cómo, entre unos y otros, lo más difícil es aceptar la mala conducta de los propios. En cambio, lo fácil es fustigar al contrincante.
Así, resulta paradójico que un partido que busca promover la igualdad y la movilidad social de México use como argumento el no somos iguales. Quizá la mejor manera de mostrarlo sea diciéndolo menos y actuando con más diligencia para atacar esos males que nos afectan tanto y que, si bien no se gestaron bajo su mandato, sí les corresponde remediar ahora que son gobierno.
Algo similar puede decirse de la oposición. Todavía no han hecho un análisis serio para comprender por qué ya no son favorecidos con el voto. Siguen constantes en sus críticas al gobierno, pero no pueden descubrir sus propios fallos.
¡Cómo desearía que no fueran iguales! Pero entre más los observo más descubro que, en su aferrado intento por descalificarse mutuamente, terminan siendo muy parecidos.










