Nuestra guerra contra Trump
Las cosas no salieron bien para el gobierno del presidente Donald Trump. Se involucró en la guerra de Rusia contra Ucrania y no logró sus objetivos. Uno de ellos era debilitar geopolíticamente a Rusia mediante un desgaste militar, impulsado por el envío de armas por parte del gobierno norteamericano a Ucrania, así como por el apoyo financiero, la asesoría militar y la logística en el ámbito de la guerra tecnológica. A esto se sumó una campaña en los medios estadounidenses y europeos para construir una narrativa favorable a una victoria de las fuerzas armadas ucranianas sobre las rusas. No fue así.
Posteriormente, se involucró en la guerra de Israel contra Irán. Este conflicto presenta dos etapas. En la primera, tras doce días de combate, las hostilidades se detuvieron, los ataques con misiles de bajo costo lograron vulnerar las defensas antiaéreas de Israel, que además cuentan con el apoyo de Estados Unidos. Irán estaba dañando puntos estratégicos israelíes.
Los ataques cesaron temporalmente para luego reanudarse con mayor intensidad, no solo entre Israel e Irán, sino también involucrando como objetivos a países del Golfo Pérsico. Algunos, por permitir el uso de su territorio a las fuerzas militares estadounidenses; otros, por ser aliados comerciales estratégicos, particularmente en la venta de gas y petróleo a Estados Unidos. Aunque no se detuvieron completamente los ataques con misiles, el alto al fuego propició un primer acercamiento hacia negociaciones de paz. Sin embargo, no se logró nada concreto debido a las posiciones extremas de las partes en conflicto.
En este contexto, Irán ha demostrado una capacidad de resistencia que no siempre fue anticipada por sus adversarios. Factores como su posición estratégica en el estrecho de Ormuz, sus alianzas regionales y sus capacidades militares —incluyendo avances en tecnología misilística— contribuyen a explicar su relevancia en el equilibrio regional. Más que una victoria o derrota clara, el escenario apunta a una reconfiguración de fuerzas en la región.
Estos acontecimientos coinciden con un ciclo electoral en Estados Unidos, lo que introduce un componente adicional de análisis. Históricamente, la política exterior puede influir en la percepción interna del electorado, especialmente en temas de seguridad nacional. Si los resultados en el ámbito internacional no fortalecen la posición política del gobierno, es un recurso viable que se busquen alternativas discursivas o estratégicas para recuperar apoyo.
En este marco, la relación con México adquiere una dimensión particular. La agenda de seguridad —especialmente en torno al narcotráfico y la migración— ha sido recurrentemente utilizada en el debate político estadounidense. Un endurecimiento del discurso o de las políticas hacia México podría interpretarse como un intento de reforzar una narrativa de control y protección nacional norteamericana. La narrativa buscaría convencer al electorado de que estas organizaciones están siendo toleradas o protegidas por la propia administración.
No obstante, es importante matizar que la relación bilateral está determinada por múltiples factores estructurales: la interdependencia económica, la cooperación en materia de seguridad y los flujos migratorios. Son elementos que pueden generar asimetrías, pero también establecen límites a acciones unilaterales.
Pero hay que tener cuidado, andar con cautela. La presencia de los agentes de la CIA en Chihuahua y las declaraciones en contra del gobernador de Sinaloa y otros funcionarios parecen ser el inicio de una confrontación donde Trump y sus asesores ven en México un posible salvavidas político-electoral. Aquí ya cuentan con aliados que ven en el intervencionismo estadounidense una oportunidad para dañar al gobierno de la presidenta Sheinbaum. Nuevamente, la embajada parece perfilarse como el eje articulador de una estrategia en contra de México, donde la derecha vuelve a ser su pieza clave.










