Operación Enjambre: Harfuch es indispensable
La Operación Enjambre no es un operativo más. Es la evidencia de que en el Estado de México (EMX) el crimen organizado no operaba desde los márgenes, lo hacía desde los propios ayuntamientos, desde las comandancias, desde los DIF municipales. Y detrás de esa evidencia hay un nombre que resulta incómodo admitir pero necesario reconocer: Omar García Harfuch.
El detonante fue el hallazgo de restos humanos de 10 víctimas en pozos de Nicolás Romero. La investigación no solo apuntó a policías municipales, destapó una red de protección institucional que involucraba presidentes municipales, comisarios, directores de seguridad y funcionarios de todos los niveles. Lo que emergió fue un patrón sistemático, servidores públicos utilizando el poder del Estado para secuestrar, extorsionar y asesinar.
Los números son contundentes. Hasta octubre de 2026, la Operación Enjambre suma 1,208 años y 10 meses de prisión contra 27 personas en el Estado de México. Entre los sentenciados están María Elena Martínez Robles, expresidenta municipal de Amanalco, con 70 años por el homicidio de integrantes de su propia administración. Adrián Mauricio Sánchez Mitre, excomisario de Nicolás Romero, acumula 190 años por homicidio, secuestro exprés y extorsión. Eulises González Hernández, excomisario de Acambay, suma 116 años por desaparición forzada y extorsión.
No son casos aislados de corrupción administrativa. Son autoridades convertidas en engranajes del crimen organizado. Y aquí es donde la figura de Harfuch deja de ser anecdótica.
La Operación Enjambre no habría sido posible sin la articulación que Harfuch impuso desde la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana. El operativo movilizó a la Defensa, la Marina, la Guardia Nacional, el Centro Nacional de Inteligencia y las fiscalías federal y estatal en una coordinación que, en el papel, suena lógica pero en la práctica es casi imposible sin un operador con peso político y capacidad técnica. Harfuch tiene ambos.
El secretario de Seguridad no es un improvisado. En 2020, cuando era jefe de la policía capitalina, el Cártel Jalisco Nueva Generación intentó asesinarlo en Paseo de la Reforma. Sobrevivió con tres impactos de bala. Dos de sus escoltas y una transeúnte murieron. Desde entonces vive prácticamente dentro de edificios blindados, con una línea roja directa a la presidenta. Esa experiencia personal no es un detalle biográfico menor, explica por qué la Operación Enjambre tiene una profundidad que otros operativos no tuvieron. Harfuch no está combatiendo una abstracción estadística. Está desmantelando el mismo tipo de estructura que intentó matarlo.
El contraste con la narrativa de la gobernadora Delfina Gómez es inevitable. Su Tercer Informe celebró una reducción del 15.5% en incidencia delictiva. Pero septiembre de 2026 cerró con 116 homicidios dolosos en el Estado de México, la cifra más alta del país. La reducción acumulada es real. El repunte mensual también. Y la Operación Enjambre es la prueba de que la seguridad en el Edomex no depende solo de programas sociales o narrativas de transformación, ya que depende de la capacidad de desarticular las redes que durante años protegieron al crimen desde dentro.
La crítica a la figura de Harfuch existe. La columnista Viri Ríos ha advertido que “el mito de Batman es peligroso” porque impone a una sola persona la responsabilidad de pacificar el país. Es una advertencia válida. Pero la Operación Enjambre demuestra algo más incómodo: sin la coordinación federal que Harfuch articula, el Estado de México probablemente seguiría operando con las mismas redes de protección intactas. La pregunta no es si Harfuch es indispensable como individuo. La pregunta es qué pasaría con el Edomex si la coordinación que él representa se diluyera en el cambio de administración.
Las sentencias de la Operación Enjambre son un avance. Los 1,208 años de prisión son un mensaje. Pero la advertencia de fondo sigue vigente, cuando la ley es aplicada por quienes la violan, la línea entre autoridad y crimen deja de existir. Mantener esa línea es la tarea que Harfuch ha asumido. Y por ahora, nadie más la está haciendo con la misma determinación.






