Pangolines, murciélagos y humanos

Julio Santoyo Guerrero

En los tiempos angustiosos que corren ya se ha convertido en lugar común la afirmación de que «la humanidad debemos aprender la lección» a raíz del Covid-19. El problema de un lugar común es que termina en la vaciedad porque las palabras se repiten al infinito sin que ello suponga la toma de decisiones.

¿Pero cuáles son las lecciones que debemos aprender? esas que una vez asumidas nos eviten tropezar con el mismo problema. Para algunos la lección principal tiene que ver con la ausencia de un tratamiento o una vacuna que nos pudo evitar la tragedia. Otros hacen énfasis en las debilidades del sistema económico que terminó colapsado. Para otros más indican que la ineficacia de los gobiernos fue crucial y que semejantes experiencias no deberíamos repetirlas. Con mayor superficialidad otros culpan a los pangolines y a los murciélagos de la infección que nos mantiene con el «Jesús en la boca».

A dónde menos voltea la reflexión crítica es hacia los componentes de la salud planetaria. En lo que va de la tragedia la agenda del cuidado ambiental ha sido literalmente aplastada y excluida. Se buscan las respuestas en la economía, en los laboratorios de las farmacéuticas, en el comportamiento de los líderes políticos, en la fe religiosa y en el carácter de las personas para soportar el confinamiento, no voltean a ver las condiciones del ecosistema en que nuestra especie existe.

Ha sido la manera de sacarle la vuelta a la dura y cruda causa de la pandemia. Si no se  menciona no existe, si no existe no se incluye en los criterios para diseñar la estrategia que los gobiernos del mundo deben definir para la recuperación. Porque se hace más énfasis en la recuperación de las maneras en cómo venían funcionando los sistemas económicos y no en el rompimiento con paradigmas que incubaron un problema que terminó revirtiéndose contra la humanidad.

Se alza la voz por parte de los gobiernos, tratando de dar aliento moral, para fijar fechas inmediatas para la apertura. Hay una preocupación ciega por abrir la economía y continuar haciendo lo mismo que se hacía antes de la enfermedad. Es decir, que en la percepción de los gobiernos no entra ni siquiera la posibilidad de que muchos de los valores con los que veníamos funcionando, vaya no son funcionales, que fueron esos los que sirvieron de autopista para que la pandemia llegara.

En la marginalidad siguen las voces de los científicos que sostienen argumentos contundentes que señalan la pérdida de biodiversidad como uno de los factores más influyentes para la emergencia de infecciones en humanos por zoonosis (transmisión de enfermedades de animales a seres humanos). La expansión de la actividad humana que ocasiona la deforestación, la extinción de selvas tropicales, los monocultivos, la cacería y tráfico de especies, la minería, la ganadería sin diversidad, los incendios de grandes masas de bosques, la reducción y extinción de cuerpos de agua y zonas de infiltración, todo ello arruina la salud planetaria rompiendo los equilibrios naturales, debilitando los sistemas de contención que antes evitaban la propagación de estas enfermedades entre humanos. 

El cambio climático, resultado de la actividad de nuestra «racional especie» ha precipitado la emergencia de estas enfermedades. De tal suerte que el problema no quedará resuelto con la obtención de la vacuna contra el Covid-19 o el diseño de un tratamiento exitoso. La OMS ha sido muy clara en sus informes: vendrán nuevas y muy probablemente más letales infecciones, ocasionadas por los desequilibrios que hemos inducido en la naturaleza; creyéndonos los amos nos hemos creído la atroz falacia de que «el hombre moderno está destinado a controlar la naturaleza».

La lección que entonces debemos aprender, está más allá de la superficialidad de la mayoría de los políticos que sólo ven el inmediatismo económico y no levantan sus ojos de las gráficas de los desempeños financieros. La lección central se debe construir en torno a la relación de la sociedad mundial con todos los complejos componentes del planeta. Si no hay salud planetaria tampoco tendremos salud para la especie humana. 

Si la vida de nuestra «civilización» continua igual después de que se haya «controlado» la pandemia, entonces volveremos a vivir nuevos y más trágicos capítulos hasta que la lección sea aprendida y corrijamos o hasta que nuestra especie se precipite a la extinción víctima de sus propios valores civilizatorios. 

Para volvernos a poner de pie las sociedades y sus gobiernos debemos darnos una agenda ambiental estricta, con alcances planetarios efectivos, más allá de lo declarado en los cuerpos legislativos de nuestras cartas constitucionales o acuerdos globales. No podemos ponernos en pie si los gobiernos no rediseñan sus políticas ambientales para recuperar a paso acelerado la biodiversidad perdida, los bosques, las selvas, las aguas, las especies. Si no propiciamos la reconstrucción de esa muralla natural (la biodiversidad) las infecciones por zoonosis brotarán con  mayor frecuencia. 

La economía deberá replantear su vínculo con la naturaleza. Si sus prácticas no están comprometidas con la sustentabilidad y la sostenibilidad, si el crecimiento demográfico y urbano no se ajusta a dichos criterios, no esperemos cosas mejores.

Si seguimos  pensando que los pangolines y murciélagos, en su vínculo con habitantes chinos, fueron la exclusiva causa de la tragedia estaremos siendo muy miopes. En el fondo el problema es el tipo relación de nuestra especie con todas las demás que existen en el planeta. Si deseamos la salud de los humanos debemos desear entonces la salud del planeta. Esa es la lección que todos debemos aprender.