París a tus pies
Guadalupe Taddei renunció, pero el escándalo del INE no es un melodrama. Convertirla en una mujer madura seducida por un mal hombre es violencia de género y de paso, una coartada para la corrupción.
En el Le Meurice, el hotel de la rue de Rivoli donde Salvador Dalí se instalaba cada año, un joven mexicano sirve champaña y sentencia: “Qué buena está”. Detrás de la cámara, el hombre que lo filma le ofrece la ciudad entera: “París a tus pies, chamaquito”. El joven es Jorge Francisco Piñeda Taddei, hijo de la consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral. El camarógrafo es José Alfredo Hernández Casillas, apoderado de Cajas Graf, empresa a la que la prensa atribuye contratos del INE por más de 240 millones de pesos.
Ese video, difundido por Latinus, cerró la semana. Y ya hay quien quiere cambiarle el género: de thriller de corrupción a melodrama de alcoba. Una mujer madura, sola, deslumbrada por un hombre que en audios filtrados la llama “reina”, “mi cielo”, “te amo”. Pobre señora: se enamoró.
No. Lo que vimos no es una historia de amor. Es una historia de poder. Y convertirla en folletín es dos cosas a la vez: una forma de violencia de género y una coartada para la corrupción. La renuncia de Guadalupe Taddei no cambia ese diagnóstico. Lo vuelve urgente.
La secuencia
El 21 de octubre, Taddei aseguró que el INE “no tiene empresas favoritas”. Dos días después, la Auditoría Superior de la Federación abrió una investigación de oficio por posibles conflictos de interés, colusiones y triangulaciones de recursos. Al día siguiente apareció París. El sábado, según diversos reportes, Taddei dijo a sus colegas: “No me voy”. El domingo se fue. En un comunicado que el INE publicó y retiró minutos después, anunció que presentaría su renuncia ante la Cámara de Diputados para “proteger al instituto”, y que se marcha “con serenidad, dignidad y tranquilidad”. Del “no me voy” al “me voy con dignidad” bastaron veinticuatro horas.
La responsabilidad de Morena
Taddei no llegó al INE por mayoría: llegó por tómbola, en marzo de 2023. La mayoría vino después, y fue más decisiva que el sorteo. En octubre de 2024, con 81 votos de Morena, PT y PVEM contra 40, el Senado aprobó un cambio de último minuto: la presidenta del INE podría nombrar a directores ejecutivos y titulares de unidades técnicas sin el aval de ocho de los once consejeros. Varios de los funcionarios hoy bajo sospecha fueron designados así, según Latinus.
La mayoría no la eligió: la blindó. Esa firma no la puso ningún contratista enamorado. La pusieron 81 senadores.
Ahora Morena descubre el problema. Ricardo Monreal, coordinador de sus diputados, dijo que “no es una mala idea” revisar “con seriedad el no otorgar facultades exorbitadas”. Es el pirómano proponiendo un reglamento contra incendios. También aseguró que “Morena no va a meter las manos por nadie”. Nadie se lo pidió: bastaba con no haberlas metido en la ley.
La sucesión se decide en la Cámara de Diputados por dos tercios, y la coalición oficialista tiene los votos para elegir sola. Los mismos que quitaron los contrapesos elegirán al sucesor. Si se equivocan, no podrán culpar al azar ni al amor.
Durante seis años escuchamos que “no somos iguales”. La presidenta Sheinbaum se limitó a decir que no debe haber “sombra de corrupción” en el INE. La moral pública no se delega a la conciencia de la señalada. Se ejerce.
La coartada del corazón
La versión de la mujer madura seducida por un mal hombre no es compasiva: es misógina. Supone que una funcionaria con larga trayectoria es incapaz de distinguir entre un pretendiente y un proveedor. La infantiliza. Le arrebata lo único que una servidora pública no puede perder: la responsabilidad sobre sus actos. Y además convierte la colusión en seducción, el contrato en piropo, el delito en desliz. Si es amor, es privado. Si es privado, no es corrupción. La mujer que cayó por amor es un final cómodo para todos.
Para novedades, los clásicos: Dante conoció esta coartada hace siete siglos. En el canto V del Infierno, Francesca da Rimini se justifica así:
«Amor, ch’a nullo amato amar perdona.»
(Amor, que a nadie amado amar perdona.)
El poeta se desmaya de compasión, pero no la saca del infierno. A los amantes los deja en el segundo círculo; a los barateros, los funcionarios que traficaban con su cargo, los hunde en el octavo, bajo un río de pez hirviente. Dante sabía distinguir entre los pecados del corazón y los del erario.
Renunciar no es absolver
Se dirá que nada está probado y que existe la presunción de inocencia. Es cierto, y debe respetarse. Pero la presunción de inocencia rige en un tribunal, no en la confianza pública. Taddei hizo lo correcto al irse; lo hizo tarde. Ella misma escribió que su renuncia no exime a nadie de esclarecer los señalamientos. Una renuncia no es una absolución, ni un punto final. Que hablen los expedientes. No el romance.
La cuenta
“París a tus pies”, le dijeron al muchacho. La pregunta no es quién amaba a quién. La pregunta es quién pagó la cuenta del Le Meurice, y con qué contrato se saldó.
Taddei ya dejó la mesa. La cuenta sigue ahí. Y la mayoría en el Senado que la nombró y le dio poder tarde o temprano, tendrá que pagarla.





