Personajes demostrativos en Las puertas del cielo, por Julio Cortázar
Bueno, démosles más tranquilidad a las historias finalizadas. Me parece que, a esta altura, ha sido más o menos demostrado mi punto y, si no… Es por eso que, escribiendo las últimas dos entregas, me asaltó la duda sobre si la demostración en las diferencias actanciales de los personajes en Las puertas del cielo es o no efervescente para la psique del lector. ¿Significa algo importante saber que el narrador y personaje principal de algunas de las obras contenidas se siente como un “otro” ante las disidencias? Un otro mejor, un otro que puede adjetivar desde lo alto que brinda una sociedad desequilibrada.
En este punto, no lo sé. Pero si, leyendo: “—Pase, doctor, pase a verla. Parece como dormida. Aguantando las ganas de putearla me metí en el caldo caliente de la pieza […]”, no nos hace dar un paso atrás y preguntarnos qué hace un personaje de clase alta en un velorio de amigos a los cuales les tiene lástima, de un personaje al cual, cuando le dan la mano, este piensa: “dándome una mano que me pareció de una sardina viva” —por apestosa y húmeda podemos conjeturar—. ¿Cuál es el deleite que podemos obtener de una narración cuyo ambiente solo se ve reflejado por las proyecciones de un personaje que mantiene un asco constante hacia todo lo que no es él? ¿Cuál es la función pragmática de elementos como: “Usté”, cuando dialoga un pobre? ¿Realismo? ¿Costumbrismo? ¿O, en todo sentido, marcar una línea entre yo-lector-personaje y aquello secundario que tiene esta función de desencanto: la otredad?
Los adjetivos peyorativos rara vez son utilizados para la descripción de los personajes principales, siempre hombres, por cierto. Estos: “Emma quedó perdida y humillada entre los dos” están guardados para una confección de mundo particular. Un preludio o intermedio para comentar cosas como: “esa pieza era de las mujeres, de las plañideras llegando la noche” y “las mujeres hablan chillando para que las miren”. ¿Será que para Cortázar, Apolo lírico y de la construcción de mundos, era simple pasar estas cosas por alto? La normatividad del día a día no representa objeción para una pluma suelta. Para mí, el otro del que habla, un otro que no es doctor ni un hombre casado, alguien que, sin ser mujer, plañe, ciertamente es desfavorable en el ámbito artístico, pues es agotador convertirse en un personaje con esta falta de conciencia en un tiempo tan corto que no le alcanzó para ser nada más que un enjuiciador, un carácter plano y desmotivado. Desprovisto de empuje y de alma. Si el cuento era una crítica, fue tan naturalizado que no se ha leído como tal.
Al fin y al cabo, el punto de retomar lecturas es sumarles, pues cuánto no nos han sumado antes ellas. Con entera facilidad comento que Julio es tan bueno que ni siquiera sus obras de mi desagrado son enteramente desechables. Su forma siempre será un prodigio, aunque su fondo no sea un impulso humano justo.










