Picotazo Político: el mundial
He declarado muerto mi espíritu futbolero, de verdad, nada existe en el ambiente que me motive a soñar con algún tipo de éxito para la selección nacional en este mundial próximo a celebrarse en tres países, México incluido.
Entiendo que los que están sufriendo son los hoteleros en EUA por las bajísimas reservaciones (el 80 % de los prestadores de servicios reportan bajas históricas), tal vez como venganza de la afición extranjera a las políticas migratorias de Trump o porque los boletos para los juegos están carísimos, llegando a los 2 mil dólares por acceso y hasta 7 mil dólares para la final.
En México la cosa no es distinta, tan solo el 40 % de 63 mil habitaciones han sido reservadas hasta el mes de abril.
¿Altos costos?, ¿temor a ser deportados en los EUA?, ¿odio a Trump?, ¿inconformidad por haberle cambiado el nombre al Estadio Azteca por la del peor banco del país, Banorte?, o algo más sencillo: el fútbol dejó de ser el opio de un continente social que ha vivido la frustración de lo que en algún momento fue un juego que se respetaba a sí mismo.
Creo firmemente en que la mercadotecnia y negrísimos intereses asesinaron a este deporte, con directivos hambreados por el dinero y no por la competencia y honor. La FIFA es uno de los mayores prostíbulos deportivos, un costal de amaños, pero sobre todo, una multinacional generadora de billonarias ganancias para unos cuantos.
Lo que sucede en la Federación Mexicana de Futbol y el mediocre menú de ligas con equipos inflados por las televisoras es exponencial en el caso de la FIFA, mecanismos lobotomizantes, en donde a punta de transmisiones de partidos les arrancan el lóbulo frontal a los aficionados para que vivan la vida en total apatía y desconexión con el mundo real.
Y sí, parecería que mi afrenta hacia el futbol se debe a algún tipo de frustración deportiva. Créalo, le he pegado al balón desde hace mucho y ver los partidos de la Champions es un deleite… debido a la alta calidad de los mismos y porque de alguna manera han conservado su calidad ante las payasadas de la FIFA o aquí, de la Femexfut. (Lo que hizo Gianni Infantino de inventarse un premio por la paz para Trump fue abyecto y de tarjeta roja).
El cuento es que, para lo que tendría que ser la fiesta de naciones, el ambiente es más bien funerario, con ese tufo de que algo ha muerto, huele a muerto. Los guerreros que bajo banderas de naciones con tradición en la cancha simplemente no se asoman, excepto en millares de comerciales, eso sí, maquillados para no mostrar que sí, algo ha muerto.
El jueves 11 de junio, a la una de la tarde, en el Azteca (a los de Banorte les costó 126 millones de dólares ponerle su membrete, todo para que tercos como yo le sigamos llamando Azteca), le digo, ahí se dará el pitazo inicial, México contra Sudáfrica. 48 selecciones bailarán ya sea en las pistas mexicas, gringas o canadienses. Se habla de España como favorita, me gustaría, Europa sigue respetándose a sí misma, aunque Brasil siempre será una brillante opción para la Copa FIFA. De Argentina solo sé que los apestó Milei, pero uno nunca sabe y en una de esas deciden crecer. Y de México, de mi querido México, sé que llevan dos mundiales haciendo el ridículo, debido a los niveles de putrefacción y gansterismo de los directivos de la federación y, por ende, selecciones nacionales. Basura que promete resultados de basura.
Hubo un tiempo en el que rescatábamos poesía de las canchas. Suena nostálgico, pero tan válido como para decirles a estas generaciones digitales que más allá de los performances en donde los deportistas de hoy buscan hacerse pasar por estrellas de cine y héroes de comerciales, existió un tiempo de caballeros cuya armadura era la bandera de sus naciones en el pecho, que como Maradona o Pelé, Sánchez o Pujol narraban con las piernas historias épicas, imposibles para la época, estudiadas hoy como parte de un material de cruzadas.
México 70, México 86, el cantar de los cantares de nuestros padres y abuelos, memorias que han merecido cuentos de juglares como los de Germán Dehesa o Luis Villoro, textos irrepetibles por una penosa razón: para el mundial 2026 los peleadores del balón, los Ulises o Izcoatl ya no corren por esas canchas. Los de la selección nacional no saben ni entienden de otro lenguaje más que el de contratos con marcas comerciales y likes. Entonces, ¿para qué ir a buscar la sangre del destino? Que siga Ochoa en la portería tal y como marcan las sagradas escrituras de los patrocinadores; mejor no arriesgarse, mejor conservar las uñas de los pies intactas, igual los contratan para un comercial de sandalias.
Espero, de verdad quiero creer que en algún rincón de los almacenes de la testosterona de estos jugadores surja un poco de vergüenza… y que los dueños del balón mexicano entiendan que su ambición ya fue muy lejos. Quiero creer que esa masa adicta llamada afición reaccione y que, sin quemar playeras verdes, imaginemos al futbol de vuelta, el que hizo suspirar a esta nación paralizando a ciudades, haciéndonos hermanos y hermanas al calor de un cielito lindo. Pero para que ello ocurra necesitamos ser parte de una revolución de dignidades.
Por mi parte, tienen los dueños de la selección mi más absoluto desprecio. Ahí me platican cómo quedan después del quinto partido, ¡ja!






