Picotazo Político: la visa
El talento no se hereda, ha quedado claro con el sainete burocrático del retiro de la visa, aderezado con lágrimas epistolares del muchacho, pues Andy no es ni remotamente el heredero del legado de su padre, Andrés Manuel, el monstruo de la política que cimbró al país hace poco más de ocho años y cuyo nombre es una marca que pesa mucho, aun cuando ya no tome decisiones más que en su rancho y algunos despistados en funciones sigan creyendo que le deben el cargo.
No es difícil concluir que el “golpe” de los EUA por haberle retirado la visa a Andy es un raspón a las rodillas de su papá, pero no significa que la patria esté en juego, y mucho menos que el manotazo gringo deba ser absorbido por la Presidenta. No es su tienda, no es su show, y aunque algunas plumas quieran empatar dichos guiones, no lo son en lo absoluto del mismo canasto. Estos apretones de tuercas al estilo Hollywood terminan por auxiliar a una mandataria que ha dado muestras de construir su propio legado, reconociendo el valor de su antecesor en el movimiento, pero sin arrojarse envuelta en la bandera por la parentela de nadie.
El que Andy parezca en medio de esta olla de presión yanqui no es gratuito, pero el retiro de la visa no es un pase a Guantánamo, es solo el crujido del andamiaje implementado por Donald Trump para doblegar a quien se le antoje, un gesto desesperado por recuperar el “respeto” perdido en prácticamente todas las agendas trazadas desde la Casa Blanca. Esto no significa que el Jr. López Beltrán sea un modelo de austeridad republicana —la sociedad con Amílcar Olán lo salpica— y su amigo va que vuela para ser detenido y pagar un costo por exhibirse como nuevo rico. En muchas partes ser corrupto no es pecado, abusar de la corrupción y no cerrar la boca sí lo es.
No veamos virtudes donde no las hay: Andy representa una colección de yerros, propios de la infección que adquieren los hijos de los poderosos. En su caso, se acrecienta por la revancha contra su padre, sumado a una personalidad con tintes de arrogancia.
Debemos reposar la vista en la columna vertebral de las intenciones de Trump y sus operadores. Al mandatario estadounidense no le interesa combatir ni la corrupción ni a los narcotraficantes, su objetivo es la expansión directa de su gobierno en territorios que le otorguen recursos energéticos y un neoservilismo que ensamble a gobiernos entreguistas bajo la lógica del servicio total a los intereses de los millonarios de los EUA.
¿Sabía usted que los hijos de Trump, Donald Trump Jr. y Eric Trump, están metidos en demandas por participar en la industria armamentística y especular con criptomonedas, duplicando sus fortunas en miles de millones de dólares? Pues bien, ¿y si les prohibimos la entrada a Cancún? Solo por fregar.
El caso de México es complejo: el destino de ambas naciones está atado a la geografía. Somos socios comerciales y en seguridad compartida. El gobierno mexicano ha capoteado con destreza política los ataques trumpianos, que han ido perdiendo fuerza en el campo comercial real. Trump, contra eso, ha resultado un fastidioso borracho de cantina, celebrado por sus cuates hasta que la cruda los tumbe.
¿Trump quiere ver a Andy en la cárcel? ¿Marco Rubio impulsaría una agenda de ruptura? No, lo que buscan es pirotecnia para presionar al gobierno mexicano, un truco electorero.
¿Y Andrés Manuel López Beltrán? Da igual si le quitan la visa o la credencial del INE. Su caso pertenece al folklorismo nacional, como los de las familias de otros expresidentes. Una visa no hace verano.










