¿Por qué México se sigue conformando con ser el taller del mundo?
México es una potencia automotriz… y es verdad. Producimos millones de vehículos al año, exportamos más que muchos países desarrollados y nos convertimos en una pieza indispensable para la industria de Norteamérica. El sector automotriz representa cerca del 4 por ciento del PIB nacional y más del 20 por ciento de las exportaciones manufactureras del país. México es hoy uno de los principales productores de vehículos del planeta.
Pero cada vez estoy más convencido de que la verdadera pregunta ya no es cuántos autos fabricamos. La pregunta es ¿cuánto valor nos estamos quedando?
Porque, una cosa es producir vehículos y otra muy distinta es controlar el negocio que hay detrás de ellos.
Durante décadas, México construyó una ventaja extraordinaria basada en ubicación geográfica, costos competitivos, capacidad técnica y cercanía con Estados Unidos. Esa fórmula funcionó tan bien que terminamos convirtiéndonos en una pieza indispensable de la manufactura automotriz norteamericana. Sin embargo, el mundo que hizo exitoso ese modelo ya está cambiando. Y está cambiando rápido.
La industria automotriz del siglo XXI ya no se define únicamente en líneas de ensamblaje. La verdadera disputa ocurre en baterías, software, inteligencia artificial, semiconductores, propiedad intelectual, procesamiento de datos y energía. Ahí se está concentrando el valor económico más importante de la nueva movilidad; y ahí es donde México todavía enfrenta su mayor desafío.
La reflexión que recientemente planteó Jeanette Leyva en El Financiero me parece particularmente relevante; México dejó hace tiempo de ser la maquila barata de Norteamérica y se convirtió en un engrane indispensable para la industria automotriz regional. Coincido.
Pero también creo que existe un riesgo que no estamos discutiendo con suficiente profundidad. Podríamos convertirnos en el Detroit del siglo XXI... y aun así dejar escapar la mayor parte de la riqueza. Y por una sencilla razón: porque el volumen ya no garantiza prosperidad.
Habitualmente, la ecuación parecía sencilla; era atraer plantas, generar empleo, exportar más vehículos y crecer. Hoy es mucho más compleja. Los países que dominarán la siguiente etapa industrial no serán necesariamente quienes ensamblen más autos. Serán quienes controlen la tecnología que los mueve. Creo que ahí está la verdadera batalla.
Estados Unidos lo entendió y por eso lanzó enormes programas de subsidios industriales. China lo entendió y por eso domina buena parte de la cadena global de baterías. Europa lo entendió y endurece regulaciones para proteger industrias estratégicas. México todavía parece debatirse entre celebrar lo que ya logró y construir lo que necesita para el futuro.
Porque sí, producimos millones de vehículos. Pero gran parte del diseño, desarrollo tecnológico, software, ingeniería avanzada y propiedad intelectual sigue generándose fuera del país. Y eso importa mucho más de lo que parece.
Cada vehículo incorpora una enorme cantidad de valor que no necesariamente se queda donde se ensambla. Las utilidades más altas suelen concentrarse en innovación, tecnología, patentes, plataformas digitales y componentes estratégicos. Justamente las áreas donde México aún tiene enormes espacios por desarrollar.
Por eso, considero que la conversación nacional sobre la industria automotriz necesita evolucionar. Ya no basta con celebrar nuevas inversiones o inaugurar plantas. Eso sigue siendo importante, desde luego, pero el siguiente salto económico exige construir proveedores nacionales más sofisticados, fortalecer investigación aplicada, desarrollar talento especializado y participar en las tecnologías que definirán la movilidad durante las próximas décadas.
Porque el mundo automotriz, insisto, está en plena transformación (sino es que ya lo hizo).
Los vehículos eléctricos, la conducción asistida, los sistemas inteligentes, las plataformas conectadas y el almacenamiento energético están cambiando la lógica completa de la industria. Y cuando una industria cambia de lógica, también cambia la forma en que se distribuye la riqueza. La gran oportunidad (urgente) para México.
La revisión del T-MEC, las tensiones comerciales con China y el fenómeno del nearshoring están colocando al país en una posición privilegiada. Pero esa ventaja no será permanente. Ninguna ventaja industrial lo es. La pregunta interesante es, ¿qué haremos con ella?
Porque podemos seguir siendo una potencia manufacturera durante muchos años. Pero si queremos convertirnos en una potencia económica más completa, necesitamos capturar una parte mayor del valor que generan las cadenas industriales que ya operan en nuestro territorio.
Detroit fue durante décadas el símbolo de la industria automotriz mundial. Pero la historia demuestra que producir mucho no siempre garantiza conservar liderazgo.
El siglo XXI no premiará al país que arme más autos. Premiará al que controle la tecnología, la innovación y el conocimiento que los hace posibles. Y esa es una conversación que México necesita comenzar a tener desde ahora.










