Por una política económica que dignifique el esfuerzo de nuestra nación
Hoy, México no solo enfrenta un cambio de calendario; también un cambio de era. Estamos en ese punto crítico donde las viejas formas de hacer chocan de frente con un futuro que exige audacia, no dudas. Nuestra nación se encuentra atrapada en una contradicción dolorosa: mientras los discursos oficiales nos hablan de una economía estable, el ciudadano de a pie siente el rigor de un dinero que no alcanza y una empresa que apenas sobrevive. No basta con que las cuentas cuadren en los escritorios del gobierno; es imperativo que la prosperidad se sienta, con dignidad y justicia, en el bolsillo de cada familia mexicana. No podemos ser espectadores pasivos de nuestra propia historia; es momento de proponer, de construir y de abrirnos al mundo con la dignidad de quien se sabe capaz de competir en cualquier latitud.
Sin embargo, para competir con éxito en el exterior, es imprescindible primero ordenar nuestra propia casa y analizar el entorno con mirada crítica pero constructiva. Si bien la inflación general parece dar un respiro situándose cerca del 3.77 por ciento anual, la inflación subyacente (aquella que late con fuerza en el corazón de la economía y marca la verdadera tendencia) se resiste a descender, manteniéndose en un preocupante 4.47 por ciento. Esta persistencia ha obligado al Banco de México a sostener una tasa de interés del 7.0 por ciento, una cifra que, comparada con el 3.5 por ciento de Estados Unidos o el 2.15 por ciento de la Eurozona, encarece nuestro dinero, frena la inversión productiva y asfixia el dinamismo que tanto necesitamos para despegar.
A este escenario de asfixia monetaria se suma una carga pesada sobre las espaldas de la República: un déficit fiscal históricamente alto del 5.9 por ciento del PIB. Bajo esta premisa, la pregunta no es solo cuánto gastamos, sino cómo recaudamos y para qué invertimos. No podemos aspirar a la grandeza con una recaudación deficiente y sin una reforma hacendaria profunda que dote al Estado de las herramientas necesarias para promover el bienestar, sin hipotecar con ello el futuro de las próximas generaciones.
Y es que debemos entenderlo con claridad: la economía no son solo gráficas; es, ante todo, el bienestar de la gente. Resulta paradójico que, a pesar de un incremento real del 110 por ciento en el salario mínimo, la calidad del empleo en México siga degradándose. La informalidad (ese refugio de la desesperanza que abraza al 55 por ciento de nuestros trabajadores) es el síntoma más claro de un sistema que no logra integrar a su fuerza laboral en la seguridad y la justicia social.
Esta fragilidad interna nos deja expuestos. Las empresas mexicanas están hoy en una situación de vulnerabilidad frente a competidores internacionales, especialmente ante la posibilidad de que nuestro vecino del norte reduzca sus impuestos al 15 por ciento. Si a esto le sumamos el flagelo de la inseguridad en todo el territorio nacional, donde el "cobro de piso" y el asalto al transporte de mercancías se han vuelto impuestos criminales que elevan los precios, y el dramático incremento de la población sin cobertura de salud (que pasó del 16 al 39 por ciento), entendemos que la política económica debe dejar de ser una fría hoja de cálculo para convertirse en un instrumento de justicia y protección. Es precisamente frente a este panorama de incertidumbre donde surge la necesidad de una visión distinta, una que no se encierre en sí misma por miedo, sino que se proyecte con inteligencia.
Desde Movimiento Ciudadano, sostenemos con firme convicción que la construcción de un México próspero no puede ser un acto de aislamiento. Creemos en un México abierto, conectado en permanente diálogo y con iniciativas comunes entre las naciones. Nuestra historia y tradición nos vinculan con el mundo, y esa apertura debe ser nuestra mayor fortaleza.
La socialdemocracia nos llama a ser un integrante activo en el concierto de las naciones, actuando con la misma congruencia que exigimos a otros en materia de derechos humanos y combate a la crisis medioambiental. No hay soberanía real en la cerrazón, sino en la capacidad de influir y colaborar con el mundo. Nuestra ambición es clara y posible: posicionar a México entre las diez economías más grandes del mundo.
Pero para lograrlo, no bastan los buenos deseos ni la retórica vacía; necesitamos potenciar el Nearshoring, impulsar una reindustrialización moderna y fortalecer nuestras energías renovables para ser competitivos en un siglo XXI que no perdona el atraso tecnológico. Este salto al futuro requiere cimientos sólidos: respeto absoluto a la autonomía judicial para dar certeza a quien invierte su capital y su confianza en nuestra tierra, y una estrategia contundente contra el crimen organizado que devuelva la paz a nuestro país y la tranquilidad a nuestros hogares y negocios.
Estamos en un año de reinventarnos frente a la revisión del T-MEC. México tiene la voluntad, el talento y la fuerza para ser un gigante económico que no levante muros, sino puentes de prosperidad compartida.
¡Es tiempo de actuar con visión, de emprender con valentía y de construir el México que merecemos!
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