Que vuelva Lorca, que vuelva la cultura subyacente

18 de julio de 2026
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7:00
Que vuelva Lorca, que vuelva la cultura subyacente. Sobre Juego y teoría del duende Hace escasos días comencé a leer un libro que como muchos, me acechaba silencioso en la estantería esperando a ser leído, esperando existir. No leer —Crónicas y ensayos— de Alejandro Zambra, no es la obra sobre la que haremos nuestro diálogo, más la traigo a colación por enseñarme lo inmensamente pertinente del azar, que nunca se equivoca. El tema pasado de mi columna se desenvolvió en un encuentro no tan favorable que sostuve con Cortázar; el primer ensayo de Zambra se titula: “Que vuelva Cortázar”. Y claro, que vuelva, no estaba enterado que se había dejado de leer más bien, pero el autor chileno señala algunas de las virtudes que encontró durante su infancia sobre las hazañas literarias del autor de Rayuela: certero, comprometido, siempre joven, culto, entre otras. Todas ciertas, y mientras tanto, por hablar de autores siempre jóvenes, entre lineas yo pensaba, hay un libro maravilloso sobre Lorca, una conferencia empaginada más bien, que se encuentra lejos de nuestro breviario: ¿está Lorca aún vivo? ¿Alguna vez lo estuvo? Si alguno como Cortazar, más cercano en tiempo y formas quizás, necesitaba un rescate ¿sería que Lorca —«uno de los poetas más prominentes de la lengua española… apenas sea lo justo» lo necesitaba igual? Sentí la responsabilidad inmediata de transportarnos a : Juego y Teoría del duende. Deseo escapar de los puntos formales más allá de que la conferencia fue dada en el 33, en la Ciudad de Buenos Aires —las coincidencias no terminan—. En ella, Federico al igual que yo intentaba dejar de lado las trivialidades para centrarse en aquello de lo que deberían estar llenas las conversaciones, la magia de un hallazgo compartido. El duende, no es otra cosa más que la plenitud del fuego, concienzudo y báquico haciendo efecto en aquellos que estén dispuestos a dejarse quemar por él. Es una lucha artística en donde se juega el control, más bien, se juega el todo: «el duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar» . Lorca, yo le preguntaría ¿como se es que se lucha sin obrar? pero la respuesta es que haría falta sentir, sentir plenamente al duende. Este, es un figura embelesada desde lo poético, lo estético y lo político. Los seres poseídos van desde Nietzsche y Cezzane pero no nos mintamos, Lorca pronuncia justamente al duende desde su lengua materna, donde el cantaor, el lebrijano o las bailarinas de Cadiz se encuentran. «Un pueblo que se siente amenazado en su alma se repliega a sus recuerdo y busca refugio en donde mejor lo encuentra: su lengua materna». Comenta, Yvon Beliaval contextualizando la filosofía del siglo XX. Lorca, que creció entre pastores y ganado, claro que se sentirá refugiado por el duro y enternecedor cuidado del duende. ¿Y nosotros? Aquellos hijos urbanos del siglo XXI ¿a dónde retornamos? si sopesadamente la cultura neoliberal es el consumo pero nunca el canto, el positivismo del progreso jamás da tiempo de tornar hacia la tierra, en donde habita el duende. Me parece pertinente en el exceso de estímulos actuales, regresar con orgullo a la inspiración proveniente de nuestro folclor, tratar de hallarlo, crearlo si es que se nos lo arrancaron antes de nacer. Es por esto que el título quedaría vacío, y el duende desmerecido o muerto, sino tuviéramos la conciencia y la memoria de Andalucía en estas letras, siempre tratando de hacer un símil hacia nuestros territorios. Un hallazgo compartido, dije al inicio, el duende es duende porque lo habitan muchos, desde los pies hasta la garganta. Por ser la actitud de un pueblo y cultura en lengua viva. Más allá de definiciones, lo merecido sería vivirlo. Aunado a esto, Lorca va dejando tras de sí a otras figuras artísticas como el ángel, que en su indiferencia la ayuda parece injusta, o a la musa, cuyas costumbres inhumanas más allá de ayudarnos nos perturban. La historia siempre a retratado a pocos merecedores de estas figuras y tácitamente se deben cumplir normas de pureza o desmedido merecimiento para que alguno de estos en toda dignidad conceda un poco de su encanto. ¿Cuántos no han muerto de locura a falta de una musa? Nuestro personaje es político en tanto no pide rezos, ni está aliado con más religión que el sudor del cuerpo y los tambores de la mente. Lorca da al duende un carácter más tangible, la inspiración camina junto al hombre y no por encima. «Todo es una conversación permanente» dice Daniel en el prólogo, y así debe ser, sobre todo cuando la conversación puede hacernos actuar desde la reflexión sobre la perdida de nuestros ámbitos subyacentes. La forma de hacer arte única por el imaginario de nuestra gente. Si bien Lorca da ejemplos de extensos territorios, y el duende jamás será una extensión nacionalista, él siempre retorna a sus adentros culturales como ejemplo extenso y digno de representación. ¿Sabríamos hacer los mismo? Sepamos que esto es un «Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica» . Reconfortante ¿cierto? Al final, las palabras de Lorca nos da una expresión de arte más cercana, más asequible, más humana. Para aquellos que adoramos lo que acontece, aunque no acontezca; en un mundo donde está sucediendo todo, y todo fuera de nuestro aparente alcance, el duende es una esperanza enraizada buscando brotar desde el núcleo de nuestros recuerdos, de nuestros vecinos de la infancia, del juego del pelota sobre la calle, de aquello que en nosotros mismos ha estado dormido, esperando ser despertado por el ruido familiar del bosque.
Foto: IA
Nolo Iglesias/Quadratín EMX