Reforma electoral: la cortina de humo perfecta
Cada cierto tiempo, la política mexicana revive un viejo recurso: anunciar una gran reforma electoral que promete transformar la democracia del país. Se habla de modernizar el sistema, de hacerlo más justo y más cercano a la ciudadanía. Sin embargo, cuando uno observa con atención lo que realmente está en discusión, queda la sensación de que el debate es más mediático que sustancial.
Hoy vuelve a ocurrir. La llamada reforma electoral se presenta como un paso hacia un sistema más eficiente, pero evita tocar uno de los temas que más indignación genera entre los ciudadanos: la permanencia de los diputados plurinominales. Durante años, la sociedad ha cuestionado este mecanismo que permite a muchos políticos llegar al Congreso sin haber enfrentado directamente el voto en las urnas.
Paradójicamente, los mismos actores políticos que durante campañas prometen acabar con estos privilegios son quienes, ya en el poder, parecen olvidar esas promesas. Y la razón es evidente: los plurinominales siguen siendo una herramienta útil para los partidos, especialmente para quienes hoy gobiernan.

Para Morena, que actualmente concentra una gran fuerza política, eliminar los plurinominales no necesariamente resulta conveniente. Estos espacios permiten asegurar posiciones legislativas, equilibrar negociaciones internas y mantener un margen de control político dentro del Congreso. En otras palabras, son parte de la maquinaria del poder.
Por eso resulta difícil no ver esta nueva discusión como una distracción cuidadosamente construida. Mientras el país enfrenta problemas serios en materia de seguridad, economía y gobernabilidad, el debate público se concentra en una reforma que, hasta ahora, no parece dispuesta a tocar los privilegios que realmente molestan a la ciudadanía.
La democracia mexicana necesita mejoras, sin duda. Pero esas mejoras deben ser auténticas y no simulaciones. Si realmente existiera voluntad política para transformar el sistema electoral, el primer paso sería discutir abiertamente la eliminación o reducción de los plurinominales, un reclamo que desde hace años forma parte del sentir ciudadano.
De lo contrario, la reforma electoral corre el riesgo de convertirse en lo que muchos ya perciben: una cortina de humo que alimenta el discurso político, pero que evita alterar las reglas que mantienen intacto el equilibrio del poder.










