Siempre es tiempo para levantar la voz
Abrir un portal de noticias, leer un periódico, escuchar noticias en la radio se han convertido en una suerte de deporte extremo. Las tragedias se suceden una detrás de otra. Las notas recogen hechos espeluznantes: ejecuciones violentas precedidas de tortura, un sinnúmero de desaparecidos cuyo conteo es cada vez más doloroso. Cada muerte duele, algunas, como la de Carlos Manzo, se vuelven símbolo de la precariedad que nos asecha.
Las situaciones extremas se multiplican con tal velocidad que su lectura se vuelve pesada, la sensibilidad va generando una capa de protección que impide el sobresalto, que no deja que penetre el dolor. No se puede vivir en una lamentación constante. La vida debe continuar.
Sorprende, no entraré en excesivos detalles, la inacción de la autoridad para perseguir a los verdaderos criminales, con la extraña diligencia de algunos ministerios públicos para amedrentar a ciudadanos que han padecido un accidente. Parece que, para algunos, antes que el cumplimiento del deber está preservar el modus vivendi de quienes buscan cómo engrosar sus ingresos, lucrando con la tragedia y eludiendo sistemáticamente su propia responsabilidad.
El transporte público tiene múltiples riesgos, agravados cuando los trabajadores reciben sus quincenas. Asaltos repetidos impunemente en los trayectos sin que parezca posible una reacción más firme de la autoridad. Tantas cámaras no explican tanta impunidad.
Hace muchos años había pasquines especializados en narrar las historias del crimen. Hoy puede encontrarse uno encabezados en los principales medios nacionales que redactan esos sucesos. Son noticia, aunque duran poco en el imaginario porque pronto son sustituidas por otra narración que empata o supera el horror previamente narrado.
La inseguridad está en las calles, en los textos, en la piel que se eriza cuando uno tiene que hacer algunos trayectos. La desconfianza adquiere carta de naturalización. Nadie se atreve a detenerse en una carretera para auxiliar a un automovilista que intenta cambiar una llanta o tiene el cofre abierto porque el coche se ha averiado. No sabemos si se trata de un accidente o de un montaje.
Nos miramos con sospecha. Nos cuesta no pensar que hay un peligro latente que puede alcanzarnos en cualquier instante. La vida se parece al caminar por un alambre entre dos edificios: se puede caer en todo momento, no pisan nuestros pies terreno firme.
¿Cómo salir de este marasmo? ¿Cómo recuperar el caminar seguro por nuestras calles? ¿Qué puede hacerse para poner un dique a una violencia creciente? ¡Cómo me gustaría tener una respuesta contundente, proponer una estrategia infalible, dar en el clavo con una solución pertinente! Pero no lo sé.
Se me ocurren algunas pequeñas ideas. No acostumbrarnos. No dejar de levantar la voz y de organizarnos. Exigir con constancia y fuerza para impedir que la autoridad siga sin mirar con más decisión y firmeza el problema y ponga medios más constantes, integrales y definitivos.
Recuperar la sensibilidad. La violencia es un estado anómalo, no puede ser tan fácilmente una constante. Hace falta repensarnos, saber que se podía caminar por estas tierras con paz, que era posible mirar al otro con confianza. Constantemente, nos dicen que los buenos, somos más. Quizá necesitemos hacer más ruido, actuar con más frecuencia. Dicen que hay quienes realizan acciones malas, también hay quienes permiten el mal con sus omisiones. Siempre es tiempo para levantar la voz.






