Socios y rehenes
México lleva muchos años siendo el principal socio comercial de Estados Unidos. La derrama económica de este tratado representa un poco más del 36% del PIB de nuestro país. Las exportaciones mexicanas rondan los 593,000 millones de dólares y el 80% de ellas van a nuestro vecino del norte.
Durante años hemos logrado una industria manufacturera profundamente integrada. En múltiples áreas tenemos una producción compartida. Muchos productos elaborados en América del Norte requieren de distintos componentes que se van armando progresivamente, lo cual exige el cruce de la frontera en múltiples ocasiones. Conformamos una cadena productiva intensamente entrelazada. Nuestras economías son codependientes para su crecimiento y subsistencia.
Por supuesto, nuestra relación con Estados Unidos no se reduce al ámbito económico. La migración es un asunto crucial en nuestra vecindad. Se calcula que 11 millones de nacidos en México viven en aquella nación. Si a eso añadimos los hijos y nietos de mexicanos nacidos allá, hablamos de cerca de 40 millones, casi un tercio de la población total de nuestro país. En México viven aproximadamente 1.76 millones de estadounidenses. Ese número se incrementa cada año, impulsado por el trabajo remoto, el retiro y el menor costo de vida en este lado de la frontera.
La migración desde nuestro territorio no tiene que ver solamente con los mexicanos. Por nuestro suelo se estima que, entre 2019 y 2025, cruzaron la frontera casi 11 millones de personas; de ellas, dos terceras partes no nacieron en México.
Por la frontera, van y vienen componentes industriales, personas migrantes, drogas y otros productos vinculados al crimen organizado, como el huachicol. Es imposible delinear todo lo que cruza de un lado a otro. Llevamos muchos años siendo parte de una misma realidad. Subsisten nuestras diferencias y se incrementa nuestra dependencia.
En ambos lados de la frontera se puede observar la mutua influencia gastronómica y cómo se han diluido las barreras lingüísticas. La influencia cultural es decididamente bidireccional.
Una vinculación tan estrecha no puede estar exenta de dificultades. Por una parte, existen grupos de obreros que han visto cerrar sus fuentes de trabajo porque las fábricas se trasladaron a otras partes del mundo. Por otro lado, se han ido creando oportunidades capaces de generar nuevas fuentes de empleo en ambos lados de la frontera. El tratado ha traído más ventajas que daños, pero no ha logrado que los países tengan la misma fuerza.
Aunque México exporta más de lo que importa, enfrenta simultáneamente una crisis de seguridad por el crecimiento del crimen organizado. Sin duda, las armas, casi todas importadas, dotan de un poderío relevante a las organizaciones delictivas. El problema de la drogadicción es alarmante: según algunas cifras, considerando a los mayores de 12 años, el 18% de la población de Estados Unidos (49 millones) y el 10.9% en México (10.5 millones) es adicto a alguna sustancia. Es un problema grave.
El crimen organizado no se dedica exclusivamente al trasiego de drogas; diversifica sus fuentes de ingreso y provoca otra serie de males como el derecho de piso, la extorsión y la violencia. No en vano la administración Trump considera a los cárteles una amenaza para la seguridad nacional de su país.
Con todo lo anterior, fácilmente pueden advertirse las razones por las cuales el T-MEC no es una aduana comercial exclusivamente. Su importancia lo convierte en un instrumento de presión con el que se pueden obtener muchos objetivos. El T-MEC continuará, pero con otras reglas y con creciente incertidumbre. Trump va a presionar todo lo posible para conseguir lo que desea, y su apuesta no está centrada en el intercambio económico.
Quizá sea un buen momento para apreciar mejor nuestras fortalezas y emplearlas en la negociación, así como para encontrar las palancas que nos permitan ser un mejor jugador en esta arena política: nuestro rol decisivo en la manufactura, la conformación de un bloque competitivo frente a otras zonas del mundo y el papel relevante para contribuir a la seguridad de Estados Unidos. Tenemos que pensar cómo construir certeza para poder defender mejor nuestra posición.






