Karma

Jorge Octavio Ochoa

El próximo año, exactamente por estos meses, México estará metido en una auténtica olla de presión. El régimen ha hecho todo para polarizar a la sociedad. Quizá debamos prepararnos para situaciones de mucha violencia antes y después de las elecciones.

De pronto, el clasismo, el racismo y la marginación se han convertido en bandera del gobierno, en medio de una pandemia incontrolable, que ya está por rebasar las 21 mil víctimas. Sin embargo, ahora la 4T ha dejado el peso de la responsabilidad en los gobiernos locales y en la propia sociedad.

Peor aún: quiere cargar las culpas en las esferas de alto poder adquisitivo; en las élites que, desde la visión del régimen, pueden viajar y se mueven por el mundo mientras millones de mexicanos viven y mueren en la miseria. Es la imagen que quieren proyectar.

Es inaudito, insólito, escuchar las últimas expresiones del gobierno federal en torno a la grave crisis epidemiológica que vive el mundo. Pero también es increíble que los medios de información den tan poca importancia a tales afirmaciones, que proyectan un evidente clasismo.

Resulta verdaderamente demencial el discurso que, desde las altas esferas del poder, empiezan a armar en torno a la contingencia sanitaria. Ahora dicen que esta, “fue importada a partir de grupos sociales de alta capacidad económica, financiera”; “grupos adinerados del país”.

“Los primeros casos se presentaron y posteriormente se mantuvieron, en las relaciones sociales entre ciertos grupos económicos de alto poder adquisitivo”. Ese es el mensaje que, ante la absoluta incapacidad mostrada, ahora pretenden imbuir.

Es el discurso de la polarización, con afirmaciones tendenciosas y, por ende, falsas, si se miran a la luz del mapa epidemiológico que la propia Secretaría de Salud ha difundido en los últimos tres meses. ¿Iztapalapa es una zona de ricos? ¿La Central de Abasto lo es?

Es peligrosa la ruta que empieza a tantear la 4T. ¿Qué actitud asumirá ante los compatriotas que vienen de Estados Unidos? Es patético el nerviosismo que ya muestran los simpatizantes del gobierno federal, a la luz de una serie de actos fallidos y resbalones declarativos del propio mandatario.

Decir que él ordenó la liberación de Ovidio Guzmán en el ya famoso Culiacanazo, es tan solo la cereza de una semana funesta para el régimen en materia de seguridad, luego del secuestro de un militar de alto rango y el asesinato de un juez.

El maldito karma, que dicen. Los actos, palabras y pensamientos se regresan. Todo aquello que cuestionó a los de antes, hoy son su talón de Aquiles: ni se ha contenido el avispero de la guerra que desató Felipe Calderón, ni ha mejorado la percepción del combate a la corrupción.

Pero, más delicado aún: ahora se ve a un Andrés Manuel López Obrador irritado, para el que todos los gritos y protestas provienen de panistas. Nada es legítimo, según su visión, aunque las expresiones de rechazo ahora lo persigan por toda la república.

Ese ánimo intolerante se ha diseminado en las redes sociales, y cada día son más agresivas las respuestas de sus seguidores. Lo que criticaban a los gobiernos anteriores, hoy es una justificación para diluir la responsabilidad. Ahora sí se habla de los 3 niveles.

Durante su gira de trabajo por Veracruz y Puebla, López Obrador fue recibido por caravanas kilométricas de automovilistas, que expresaron así su inconformidad con las políticas de gobierno de la 4T.

López Obrador atribuyó estas a “los que se sentían dueños de México”, que están enojados porque ya se terminó la corrupción. En Puebla, fuera del recinto donde encabezaba un evento, se escuchaban las arengas de grupos inconformes.

Entonces, López Obrador dijo nuevamente que hay una campaña de desprestigio, nacional e internacional en su contra, a través de medios locales y extranjeros, pero “ni con gritos, ni con sombrerazos, ni insultos, ni con nada (…) daremos un paso atrás”.

López Obrador descalificó así, todas las manifestaciones que se han realizado en varios puntos de la república, no solo por parte de automovilistas, sino de víctimas del cáncer; familias de personas desaparecidas; médicos que demandan equipamiento y mejores salarios; taxistas, policías.

“Pueden estar gritando, pueden haber manifestaciones de automovilistas, pueden los potentados que se sentían dueños de México y que venían a saquear al país, incluso extranjeros, pueden estar molestos, inconformes, denunciando al gobierno de México…”, les respondió AMLO.

En el presunto complot, ve a la prensa extranjera y nacional “volcada en contra del gobierno de México”. Ve “campañas de desprestigio, guerra sucia, campañas de calumnias, noticias falsas…” como parte de la campaña electoral del 2021.

La pandemia ha pasado a segundo término para el régimen, igual que la lucha contra la violencia e inseguridad que priva en gran parte del país. Bueno, ni la evidencia de una economía destrozada les parece una prueba suficiente de que las cosas van muy mal.

La economía mexicana cayó 19 por ciento en abril de 2020 debido a los cierres de actividades económicas, escenario similar al que se vivió en 1918, cuando se dio la pandemia de gripe española. Por toda respuesta, el régimen ha iniciado un recorte brutal del gasto.

Esto implica la pulverización de instituciones, sobre todo aquellas que no están bajo el control directo del gobierno federal. Pero, como decíamos al principio, lo peligroso de todo esto es que la astringencia económica va acompañada por una estrategia de polarización.

Justifica, así, por ejemplo, la posible desaparición del Conapred, en medio de una polémica desatada por su esposa en redes sociales, que nunca fue aclarada, ni concluyó con una denuncia civil ante los órganos pertinentes por el presunto acoso de su hijo menor.

Con un arranque de ira, López Obrador da a conocer, además, la inminente revisión de al menos 100 organismos y da un manotazo a la comisión creada por don Gilberto Rincón Gallardo, uno de los personajes más icónicos y respetados de la mal llamada izquierda mexicana.

Y para acabarla, la semana pasada, el partido Morena presumió la alianza con el PT y PVEM para los comicios del 2021, en medio de una denuncia penal contra Yeidckol Polevnsky por, entre otras cosas, posible lavado de dinero. Esto da al traste a la lucha anticorrupción de su patriarca.

De entrada, se cuestiona la congruencia ética y moral de festinar la compañía de un líder tan en tela de juicio como Alberto Anaya, que lleva casi 30 años al frente del PT; o con el Partido Verde, que durante sexenios fue aliado del PRI, PAN, de quien sea, que le de una secretaría de Estado.

En fin, aquí el tema es ese maldito karma que no los deja. Aquel: “no robar, no mentir, no traicionar”, como lema de campaña, se va convirtiendo en un escupitajo al cielo que, día a día, en la cara les cae.