Trump en el cadalso
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, vive su peor momento político. Tras la captura del presidente de Venezuela, se apoderó del petróleo de esa nación. Acto seguido, entró en guerra con Irán con el objetivo de controlar el comercio de gas y petróleo en el estrecho de Ormuz y, con ello, frenar el desarrollo de China.
La resistencia iraní lo ha sorprendido. Las sanciones económicas por décadas y la guerra de ocho años contra Irak han sido eventos que forjaron a la nación. En 2025, durante el conflicto entre Israel e Irán, los militares norteamericanos participaron en bombardeos contra instalaciones presuntamente nucleares iranís. La guerra duró doce días; Irán detuvo su ofensiva cuando ya había logrado penetrar las defensas antiaéreas israelíes, como el domo de hierro. Militarmente esto puede ser considerado un error, pero también una muestra de voluntad para evitar la guerra.
Los arsenales de municiones eran limitados para sostener la batalla. La estrategia de guerra asimétrica frente al poder militar israelí y de su aliado, Estados Unidos, dio resultados. Para febrero de 2026, se encontraban en curso negociaciones para evitar una escalada mayor. Por parte de Irán se hablaba de avances positivos, en particular del compromiso de no desarrollar armas nucleares, como había ocurrido desde 2005. Sorpresivamente, Israel y Estados Unidos atacaron nuevamente a Irán, bajo el argumento de eliminar la amenaza nuclear.
Estados Unidos e Israel solo ganaron tiempo para reabastecerse de municiones e interceptores capaces de detener misiles balísticos iranís. La agresión conjunta no fue sorpresiva; Irán estaba preparado para responder mediante una estrategia de saturación de las defensas antiaéreas israelíes. La potencia de los drones y misiles superó los sistemas de intercepción aliados, vulnerando el territorio israelí.
Sin sistemas defensivos efectivos, Israel enfrenta riesgos significativos: su población e instalaciones estratégicas —incluidas las nucleares— quedan expuestas a los misiles enemigos. Esto podría derivar en una catástrofe nuclear en la región, con niveles de radiación potencialmente superiores a los registrados en los accidentes nucleares de Chernóbil y Fukushima.
Los aliados han destruido instalaciones estratégicas iranís, mientras que Irán ha respondido atacando complejos de aliados de Estados Unidos en el Golfo Pérsico. El eje de la respuesta iraní se ha centrado en el cierre del estrecho de Ormuz, impidiendo el tránsito de embarcaciones vinculadas a sus adversarios. Este paso es crucial para el comercio internacional y el suministro energético de países como Japón y China.
El costo de la guerra se ha incrementado: Irán emplea drones de bajo costo, mientras que Estados Unidos e Israel utilizan interceptores que cuestan millones de dólares. Así, Irán ha fortalecido su posición frente a una eventual negociación, mientras Trump pierde credibilidad. Israel, sin el respaldo militar directo de Estados Unidos, queda expuesto a mayores daños.
La complejidad de la guerra ha provocado reacciones del presidente Trump, quien ha intentado involucrar a aliados como Francia y España, que prefieren una salida diplomática. Los objetivos de la ofensiva conjunta no se han cumplido: no hubo cambio de régimen, ni certeza sobre la destrucción del programa nuclear iraní.
El aniquilamiento de altos mandos militares y del líder supremo, Ali Jamenei, tampoco provocó un levantamiento social en la república islámica. Una invasión terrestre a la isla de Kharg, donde Irán almacena el 90 por ciento de sus exportaciones de crudo, no parece viable, dado que el país cuenta con armas y fuerzas suficientes para defenderla.
Si el conflicto se prolonga, existe la posibilidad de que Israel y Estados Unidos consideren un ataque nuclear estratégico. No obstante, potencias como China y Rusia difícilmente permitirían una derrota militar de Irán.










