La República de la Salud: Un horizonte de prosperidad compartida
La salud es un derecho humano fundamental, pero también un principio civilizatorio que define el grado de justicia social de un país. Hoy, bajo el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum, México se coloca a la vanguardia con la instauración de la República de la Salud, un concepto innovador que va más allá de la simple prestación de servicios médicos: se trata de un modelo integral que articula la prevención, la atención, la equidad y la dignidad de todas y todos los mexicanos.
El Plan Nacional de Desarrollo y el Plan México han incorporado esta visión como eje rector de las políticas públicas en materia de salud, confiando su responsabilidad principal a la Secretaría de Salud (SSA). No se trata de un cambio cosmético, sino de una transformación de fondo: construir un sistema universal, gratuito, eficiente y justo, capaz de responder a las demandas del presente y a los retos del futuro.
La República de la Salud implica una ruptura con el viejo esquema fragmentado, desigual y burocrático. El diagnóstico del estado de salud de la población mexicana muestra con crudeza las consecuencias de décadas de políticas fragmentadas:
México ocupa uno de los primeros lugares en obesidad dentro de la OCDE, con un 36 por ciento de adultos clasificados como obesos. Cerca del 17 por ciento de la población vive con diabetes, que ya constituye la segunda causa de mortalidad nacional. Más de un tercio de los adultos (33.6 por ciento) padece hipertensión, con millones de casos no diagnosticados. Alrededor del 13 por ciento de la población sufre algún grado de enfermedad renal crónica. La desnutrición sigue siendo una realidad en comunidades rurales, afectando a cerca del 12 por ciento de la población. En la niñez, el 39 por ciento de los escolares presenta sobrepeso, el 59 por ciento padece caries y el 38 por ciento tiene problemas visuales.
La infraestructura en salud también es insuficiente conforme a los estándares de la OMS y la OPS: casi la mitad de la población (49 por ciento) acude a servicios privados porque no encuentra respuesta en el sistema público, y sólo el 51.2 por ciento cuenta con seguridad social, mientras que un exiguo 0.5 por ciento posee seguro privado. Este mosaico refleja la fragmentación del sistema y la falta de cohesión nacional generada durante todo el período neoliberal.
Hoy se busca que ningún mexicano sea tratado como paciente de segunda clase; que la atención médica de calidad no dependa del ingreso, de la región o de la condición laboral. Este es el verdadero sentido republicano del nuevo modelo: igualdad sustantiva, solidaridad social y justicia distributiva.
Es preciso destacar la decisión política de colocar a la SSA como columna vertebral del modelo, pues ello garantiza unidad de mando, coherencia estratégica y una visión nacional. Desde la regulación de medicamentos y vacunas hasta la operación de hospitales y clínicas, el Estado mexicano recupera la conducción plena del derecho a la salud, con transparencia y responsabilidad.
No se trata solamente de infraestructura o de más médicos —aunque ambas son prioridades—, sino de un cambio cultural: concebir la salud como bien público y no como mercancía. La República de la Salud reconoce que la salud es comunidad, es territorio y es soberanía. Es prevenir con agua limpia, con buena alimentación, con espacios seguros, con educación y con trabajo digno.
La presidenta Sheinbaum ha sabido leer el signo de los tiempos: la salud no puede seguir siendo rehén de intereses privados, ni puede fragmentarse en múltiples subsistemas desiguales. El nuevo modelo es una apuesta por la cohesión social y por un Estado fuerte que se responsabiliza de la vida y el bienestar de su pueblo.
Desde nuestra experiencia sabemos que transformar la salud pública no es un camino fácil, pero sí es el más digno y el más justo. La República de la Salud representa ese compromiso histórico que coloca a México en el rumbo correcto: un país donde vivir con salud es vivir con dignidad.










