Una guerra sin soldados ni nada
Uno de los problemas de la oposición a la 4T y al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo es que han perdido la capacidad de entender, analizar, de crear, sobre todo, de entender que ya no son lo que fueron. En casi cien años, tuvieron el control absoluto de las formas y usos del poder, se engolosinaron, se creyeron eternos y perdieron. El poder económico terminó por subordinar al político, unos y otros se llenaron de riqueza por la vía legal, pero más por los abusos y excesos compartidos. Todo iba bien, solo que se olvidaron de un detalle: el pueblo. Para ese incómodo y amplio sector de la población solo hubo miseria, pobreza y olvido.
Salinas, el más astuto de todos ellos, tuvo migajas para los más necesitados con el exitoso 'Programa Solidaridad' que más que ayudar a los pobres se creó porque no le creía al PRI; las elecciones del 88 demostraron que era un partido viejo, con estructuras de mentira que necesitaba renovarse. Solo que no había tiempo. 'Pronasol' fue la estructura de movilización del voto de mayor rentabilidad electoral desde fundado el PNR en 1929. En las elecciones intermedias de 1991, ganaron todo. Se rindieron ante el salinismo. Ahí cometieron un error, producto de su soberbia.
No pudieron detener el movimiento del Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano. Hicieron reformas electorales que dejaban participar a la izquierda, sabiendo que no estaban en riesgo los pilares que sostenían al régimen, aun cuando el PRI dejó en manos del PAN la presidencia del país. Lo peor, vieron en Andrés Manuel López Obrador a un líder opositor con el que legitimaban el modelo económico y político. Se burlaban de él, lo evidenciaban, lo señalaban como una amenaza al país al que había que desgastar e impedir, por todos los medios, que llegara.
Soberbios como ahora, no se dieron cuenta que cada que lo criticaban en las plataformas comunicacionales, lo estaban fortaleciendo. En pocos años fue el político opositor más conocido en todo el país. Se ganó la base social, los dueños del viejo régimen no lo captaron con la llegada del PAN ni con el regreso del PRI al control del Poder Ejecutivo. Eso ocurrió porque los dos partidos ya no eran importantes en la definición del poder público. Esa función la tenían los empresarios y los dueños de los medios de comunicación que elegían al candidato y lo hacían presidente. Las élites políticas del PRI y el PAN eran invitados a la mesa de las decisiones, sin voz ni voto. Ya ni levantar la mano para decir sí tenía sentido.
Con la repartición de dádivas, sometieron al Poder Legislativo, al propio presidente del país lo hicieron a un lado al tener el control del Poder Judicial. Ahora quieren reaccionar, pero viven el fenómeno de la guerra de Ucrania, país que espera armas de los Estados Unidos, Europa y la OTAN, pero no llegan. Y, en el remoto caso que las tuvieran, ya no tienen soldados para usarlas. La oposición enojona y berrinchuda quiere la presidencia del país de regreso, pero no tienen con quién buscarla. Critican al Estado del bienestar, pero carecen de visión de país. China, Rusia y la India son ejemplos de éxito de aquello que ellos odian. No tienen proyecto ni plataforma política que no sean insultos, manejo de campañas fundadas en mentiras y en coyunturas que ocurren fuera de su esfera de creatividad.
No tienen líderes por ningún lado. La prueba tangible de ello es que un personaje de tan mala reputación sea su mejor carta.










