El presidente que difama

Pablo Hiriart

Cuidado con lo que dice el presidente, porque su manifiesta intolerancia a la crítica pone el riesgo el empleo y la vida de periodistas y comunicadores.

Sus nuevos amigos los narcos, o los fanáticos camisas pardas de la 4T que por ahora solo son tropas de asalto en redes sociales, conforme se agudice la crisis van a pasar a la acción.

La satanización de los críticos en medios, alentada por la máxima autoridad del país desde Palacio Nacional, llevará la sangre al río.

Si algo le sucede a alguno de los periodistas que han sido agredidos por el presidente, la culpa será suya y la responsabilidad política también.

Dicho lo anterior, hay que ver cómo ha escalado la animadversión de AMLO hacia los periodistas y comunicadores, para ver de qué se trata.

Al principio de su gobierno solo la emprendía contra un columnista y el diario Reforma. Luego atacó a Enrique Krauze. Fue aumentado el número de nombres y llegó a sugerir, en el lenguaje político, el despido de dos periodistas.

Dijo en su conferencia que El Financiero era un muy buen periódico, aunque ahí escribieran fulano y Raymundo Riva Palacio. Sin olvidarse del Reforma y de los otros, Carlos Loret se convirtió en su pluma de vomitar. Odio manifiesto contra el reportero yucateco.

Le siguió con Ciro Gómez Leyva, al que no suelta porque develó el desabasto de medicinas provocado por la criminal política de austeridad del gobierno, y ahora muestra la falta de protección con que trabaja, se contagia y hasta muere, el heroico personal de los hospitales públicos.

Desde el púlpito mañanero manifestó su profundo desagrado contra Proceso porque publicó una foto suya en que no se veía bien. Un par de meses después el director de la revista, Rafael Rodríguez Castañeda, se hizo a un lado y asumió la dirección un periodista que ha convertido las portadas de nuestra alma máter en gelatinas sin sabor ni color cuando del gobierno se trata, y cuyo sentido debe explicar después en tuiter.

Entretanto, circuló una lista sesgada, parcial y alevosa de periodistas que dirigen medios de comunicación digitales «a los que se les pagaba por sus servicios», repitió AMLO en las mañaneras.

Se paga por la publicidad que ahí se despliega, con factura e impuestos de por medio. No hay tal pago «por sus servicios», como si fuera una compra de personas y no de espacio en que se publica el anuncio. Los camisas pardas que en las redes sociales comanda Jesús Ramírez, el vocero presidencial, nos hostigaron y crearon la percepción de que éramos delincuentes, chayoteros, pagados por Peña.

Eso es tan falso como decir que los que tienen publicidad ahora -y también tenían antes- estuvieran pagados por AMLO. No es así. Pero hacia allá llevan la insidia para desprestigiar a algunos de sus críticos. Son perversos.

A López-Dóriga, con más de nueve millones de seguidores en las redes, los camisas pardas y los moneros del régimen lo han bombardeado de forma procaz y artera, porque no se alineó con ellos.

El miércoles el presidente la emprendió contra los que hacen periodismo en Televisa, Azteca , El Universal, Reforma, Leo Zuckerman, Carlos Marín, Pascal Beltrán del Río (al director de Excélsior le cargó las tintas por «conservador»), de nuevo contra Ciro (que «venía de hacer un periodismo profesional, nuevo, independiente»), y creo que hasta contra Milenio.

López Obrador no soportó la presión de la crítica, porque es un autoritario sin el temple de un hombre de Estado.

Algunos se asombraron con los ataques de AMLO y dijeron que había cambiado. No. Es el mismo de siempre. Toda la vida ha sido así.

Lo he seguido, semana tras semana, desde hace 32 años, desde Nacajuca hasta Palacio Nacional. A él no lo satisface el elogio del periodista, exige la subordinación total. Se extrañaron algunos colegas por la agresión de AMLO el martes, porque en sus años de opositor lo trataron bien, le abrieron micrófonos (bien hecho), otros más reprodujeron acríticamente sus barbaridades (tomar Reforma, rendir protesta como «presidente legítimo», bloquear pozos petroleros, etc.), votaron por él y lo dijeron.

Y ahora que critican su desempeño como gobernante, AMLO olvida todo y los agrede. No lo conocían ni creían lo que otros veníamos diciendo. No es un demócrata. AMLO no se satisface con el elogio: exige subordinación absoluta. Como Dios a Abraham en Jerusalén.

Desconoció a su hermano porque en una elección local votó por un amigo suyo que no pertenecía a Morena. ¿No captaron el significado de ese desplante?

Por eso el martes tuvo elogios para dos periodistas que no son periodistas, Pedro Miguel y Enrique Galván (a quien respeto porque sabe de algo, aunque no se coincida con él), que son burócratas de Morena e incondicionales a AMLO. Periodistas nunca han sido.

Ahí en Palacio dio una lección de periodismo (también da lecciones de economía e ingeniería aeronáutica):

«El buen periodismo es el que defiende al pueblo, el que está distante del poder, el que no defiende al poder, el que defiende al pueblo».

¿Cómo entonces? Agrede a los periodistas que critican al poder, es decir a él, y enaltece a los que trabajan para el poder, es decir para él. Y dice que el buen periodismo es «el que está distante del poder, que no defiende al poder».

El reconocimiento a Arreola nos dice que López Obrador, con la amplísima experiencia que sin duda tiene, no ha aprendido un axioma básico de la política y de la vida: no hay traidor más grande que un lambiscón. Ya lo comprobará en carne propia.

¿El buen periodismo es el que defiende al pueblo?

Otra vez se equivoca el presidente. El encargado de defender al pueblo, es decir a todos, es el gobierno.

¿Cómo va la criminalidad? ¿El desempleo? ¿Los hospitales públicos? ¿La economía? ¿El buen uso de los recursos para el bien de la comunidad?

si Esa es su tarea, a la que debe dedicar tiempo completo. No a insultar a quienes ven y explican una realidad distinta de la que él ve, porque puede traer consecuencias funestas.