Y de pronto ¡apareció!
La dinámica geopolítica está descifrando nuevas estrategias de lucha por el poder mundial. En unos casos las ventajas son militares, en otras económicas y tecnológicas. En el centro de la guerra están los Estados Unidos (EU) que ha entendido que ya no es la única potencia, que tiene al menos dos competidores con los que tiene que sentarse y dividirse los espacios de dominio que ya no son solo tramos territoriales. Ahora incluye otros elementos que son decisivos para la sobrevivencia en la nueva hegemonía política.
Los países que luchan por el control de los energéticos han dado pasos hacia delante. Ya no es lo único por lo que se tienen que preocupar naciones como China, Rusia, la India o los EU. Además de proteger la soberanía política o económica, ahora se trabaja por alcanzar la soberanía tecnológica. Y ese terreno lo están perdiendo los EU. De ahí que el presidente Trump esté volviendo el rostro hacia América Latina para que eso no ocurra, donde históricamente han ejercido la doctrina Monroe, decretada en 1823: América para los americanos.
No es difícil entender que las elecciones en Ecuador, Bolivia y Honduras constituyen una nueva forma de intervencionismo norteamericano. Hacerle saber a los electores y a la clase política locales que si no gana el candidato preferido del presidente Trump no habrá ayuda comercial ni financiera es prácticamente definir el resultado de una elección presidencial. En este nuevo escenario geopolítico, Europa entera ha dejado de ser un bloque de peso, la sumisión al apoyo militar de los EU es tal que solo hacen lo que Trump exige.
Mientras EU quiere negociar la paz en la guerra entre Ucrania y Rusia, dicho sea de paso un conflicto que ya perdió, en Venezuela en donde siempre se ha metido para vencer a Chávez y luego a Maduro y nunca pudo derrotarlos por la vía electoral, ha lanzado una estrategia de amenaza militar para derrocar al presidente venezolano y poner a la Señora Corina Machado que, como discurso, expresa “háganme presidenta que yo les entregó lo que pidan:, el petróleo, el litio y toda la riqueza nacional a cambio, obvio, de un porcentaje familiar”. El colmo del cinismo es que a la señora Machado le dieron el premio nobel de la paz por intentar un golpe de Estado en el país que pretende gobernar.
¿Y qué tiene que ver esto con México? Fácil, los países en disputa por el control internacional entienden que las cosas cambiaron y están obligados a generar nuevas como novedosas estrategias para sobrevivir en la competencia por el control de poder mundial. Acá, una oposición aldeana simplemente no lo ha dimensionado ni quiere aceptar la nueva realidad política del país. Creen que, con campañas mediáticas, sensacionalistas y con millones tirados en las redes sociales van a derrocar o, al menos, debilitar la fuerza político-electoral de Morena, la presidenta y la 4T.
Por si no fuera suficiente, salió el haz bajo la manga y los hizo rabiar de coraje. Los desatinos del odio resurgieron sobre el presidente Andrés Manuel López Obrador. El lanzamiento de su libro, lo colocó en la pantalla y desde ahí lanzó su arenga para activar al pueblo bueno en contra de la derecha, a quienes ya identifican como traidores a la patria. No quieren aceptar que son ellos los responsables de sus fracasos y no será con berrinches ni mentadas de madre como van a recuperar algo del poder perdido. Lo invocaron, apareció, impactó a sus bases, siempre listas para marchar, mientras ellos ya no son de interés de los EU.






