¿Y por qué seguimos sin cambiar?
A veces pienso que la historia de Sísifo tiene demasiadas similitudes con muchas empresas humanas. Nos ponemos a trabajar, empujamos decididamente la piedra para depositarla en la cumbre de la montaña y cuando estamos por llegar se desliza de nuevo hacia abajo. Con gallardía retomamos el empeño, pero parece que por más esfuerzo que hagamos nunca terminamos de alcanzar la meta deseada.
México tiene problemas endémicos que nos aquejan desde hace muchos años. Sin duda su combate ha estado en la mira de todas las agrupaciones políticas. El deseo de erradicar la corrupción, lograr un país seguro y con crecimiento económico sostenido. Estar a la vanguardia para ser un actor con un peso mayor en el concierto de las naciones. Muchas acciones se han emprendido, sin duda se han alcanzado algunos logros, pero la meta sigue viéndose distante y como Sísifo hace falta volver a escalar la montaña.
La vida humana tiene una condición de viaje que nunca acaba. Cada día nos acercamos más a la meta, pero nunca llegamos del todo, si lo hiciéramos ya no haría falta el movimiento, podríamos entrar en quietud y gozar del logro conseguido. En cierto sentido, alcanzar la meta sería equivalente a culminar la propia existencia. Algo así pasa siempre con los proyectos políticos que, en cierta medida, están siempre inacabados.
Quizá nuestra situación sea un poco más dramática. En algunos frentes lejos de arreglar las anomalías hemos padecido su crecimiento. Pareciera que algunas variables siguen saliéndose de control y conseguir devolverlas a su cauce requiere de múltiples acciones concertadas y de largo aliento.
Desde mi perspectiva una de las dimensiones que reclaman una estrategia robusta e integral es la erradicación de la violencia. Llama la atención ver cómo su presencia no se limita a la acción de quien delinque. Se palpa en el seno de muchas familias, en los patios de las escuelas, en los accidentes de tránsito. Algo acontece, los ánimos están crispados y una pequeña chispa puede provocar, en cualquier momento, un gran incendio.
Se pueden ensayar explicaciones causales de la misma. La violencia está presente en tantos lugares: películas, acciones cotidianas, relatos amarillistas que se vuelven un recurso posible, porque la experiencia de esta va dejando su poso en el modo como nos dirigimos a otros. Es posible pensar en una generación a la que no se le han mostrado límites y, por tanto, no conoce el lenguaje de la contención y deja fluir sus emociones sin recato y sin freno. O quizá estemos frente a un profundo desencanto: ¿de qué sirve tanto esfuerzo si nada se consigue? Y la respuesta sea un enfado soterrado que brinca ante cualquier provocación.
No creo tener una solución mágica, ni siquiera un plan medianamente estructurado. Tengo, algunas ideas que pienso pueden ayudar a pensar y cambiar un poco el rumbo. Quizá sea momento de volver a mostrar límites con un poco más de firmeza. Hablar más de la contención de las emociones y ensañar a encauzarlas de manera correcta. Mostrar con ejemplos y proyectos concretos cómo es posible alcanzar metas y, aunque la vida no sea perfecta, se posible crear un entorno un poco mejor. Tal vez sea el momento de no querer reinventarlo todo, de proseguir los aciertos, de hacer de la continuidad un trabajo de largo aliento.
Tal vez sea tiempo de hacer un pequeño alto. Pensar despacio y buscar reanudar esa conversación que nos permita volver, aunque sea por un momento, a recordar que también hemos dejado algunas rocas en la cima de alguna montaña.






