"145,143 millones de kilómetros"
Gregorio Fahrenheit estaba loco de felicidad.
Había demostrado que todos estaban equivocados: viajar en el tiempo era posible. Todos los que se habían burlado de él —los académicos escépticos, sus propios colegas— se atragantarían con sus palabras... si se enteraran. Pero no lo harían. Gregorio tenía un plan aún mejor que alimentar su ego: viajaría veinte años al pasado y aprovecharía su conocimiento del futuro para invertir en la bolsa, apostar en deportes y comprar acciones de empresas unicornio. En poco tiempo, se convertiría en el hombre más rico del planeta, capaz de financiar sus propios experimentos sin revisiones, sin comités de pares, sin presupuestos limitados y, sobre todo, sin que lo llamaran loco.
Había planeado todo meticulosamente. Escogió un páramo aislado, lejos de cualquier ciudad, donde sabía que su aparición en el pasado sería segura: sin accidentes, sin testigos, sin preguntas. Vendió todas sus posesiones, incluidos los derechos de algunas de sus patentes, y solicitó todos los préstamos que pudo. Reunió una fortuna. La convirtió en efectivo: billetes cuidadosamente seleccionados, impresos antes de su fecha de llegada, para no levantar sospechas. Nada escapó a su control... o eso creía él.
Su ropa era apropiada para el año 2005. Llevaba un celular viejo, tecnología de la época, papeles falsos de su nueva identidad. Tenía claro que no debía buscarse a sí mismo, ni usar su nombre real, para evitar una paradoja. Le hizo gracia pensar que, en ese preciso instante, una versión veinte años mayor de él debía estar recordando este momento como el inicio de todo. Y si en todos esos años nunca lo contactó, era porque todo había salido según el plan.
No quería fama. Se había preparado intensamente en derecho mercantil, creando una intrincada red de fideicomisos y empresas subsidiarias imposibles de rastrear. Así podría actuar desde las sombras, sin distracciones, dedicado por completo a su única pasión: investigar.
Remolcó la máquina del tiempo con su coche hasta la zona de “lanzamiento temporal”. Revisó cada detalle. Cargó su equipaje. Comió un sándwich de jamón con queso. Y se acomodó en su asiento.
5... 4... 3... 2... 1.
Gregorio activó la máquina. Y en un instante, desapareció del presente.
En su laboratorio vacío, una pantalla seguía encendida. Un correo no leído titilaba en la esquina de su computadora, enviado por la Real Academia Sueca de Ciencias:
“Estimado Dr. Fahrenheit: Hemos estado tratando de localizarlo vía telefónica y en persona y ha sido imposible. Nos complace informarle que ha ganado el Premio Nobel de Física 2025 por su artículo recientemente publicado sobre “Sustrato de la información Fractal”. Nos encantaría agendar una videollamada con usted esta misma semana…”
Fahrenheit nunca leería ese correo o ningún otro.
A Gregorio nunca le interesó la astronomía. Era una materia simplona y anticuada para un genio de su calibre.
Lo cual fue, literalmente, una tragedia cósmica.
Porque si al menos hubiera sido aficionado, habría visto un error fatal en su “plan perfecto hasta el último detalle”: La Tierra gira alrededor del Sol. El Sol, a su vez, orbita el centro de la galaxia a más de 828,000 kilómetros por hora.
Y eso significa que, veinte años atrás, el sistema solar entero estaba a 145,143 millones de kilómetros de distancia respecto al punto donde Gregorio activó su máquina.
Así que Gregorio apareció en el vacío del espacio.
Y no tuvo tiempo de darse cuenta del error.
La descompresión instantánea lo mató al instante. Su cuerpo, congelado y destrozado, flotó sin rumbo durante dos décadas.
Veinte años después, la Tierra por fin lo alcanzó.
Los restos de la máquina —ya oxidados, silenciosos, absurdos— se encendieron en la atmósfera terrestre como un cometa. Cayeron al océano, donde nadie los reconoció. Ni nadie los buscó.
Gregorio había viajado en el tiempo. Solo se le olvidó que la Tierra se mueve en el espacio.
Fin.










