Hace un par de años, tuve la oportunidad de conocer a un grupo de niñas de una institución en la ciudad de Toluca que atiende a menores, cuyas problemáticas familiares son tan difíciles, que estar internas y alejadas de su familia es lo mejor que les puede suceder. Conocer la historia de cada una de ellas me llevó a la conclusión, que el problema más pequeño que se observaba era pobreza extrema. Y es precisamente una de esas historias que les quiero compartir como una buena reflexión para esta época.

Dentro de esa institución, sobresalían dos pequeñas, de aproximadamente 5 y 7 años, hermanas,  provenían de una familia muy peculiar, además de vivir en condiciones de pobreza extrema, la madre de estas pequeñas presentaba  retraso mental, así que indagar sobre la paternidad de estas niñas, nos llevó a conocer la cruda realidad que imperaba en esa familia, pues no solamente la madre se encontraba en esas circunstancias, sino que la mayoría de los integrantes, tenían el mismo problema, eso sin contar que la madre, además padecía de un deterioro en su desarrollo motor sin diagnóstico, puesto que nunca había visitado a un médico, sus huesos se estaban deformando a tal grado que le era muy difícil poder desplazarse.

Lo anterior, no era el problema más grave, estas niñas además sufrían de abuso sexual por parte de uno de los miembros de su familia.

Así que, las personas que estaban a cargo de la institución, preocupadas por la integridad de las pequeñas, decidieron que los fines de semana se quedaran internadas, pues el resto de las alumnas regresaban a su casa.

Pero llegó el periodo de vacaciones de diciembre y las cuidadoras, quienes también saldrían a visitar a sus familias, no sabían qué hacer con estas niñas, ¿quién las cuidaría? La niña más pequeña, por su parte, se encargó de pedirles a algunos voluntarios que asistían a la institución, que la invitaran a pasar la navidad en su casa, pero eso no era posible. Sin tener otra alternativa, la directora decidió enviarlas con su mamá, no sin antes prevenirlas para que se cuidaran de no ser tocadas por nadie.

Así pues, concluyó el periodo de vacaciones y las niñas regresaron a la institución, pero la más pequeña traía puesta la misma ropa que llevaba el día que la entregaron con su familia, y al parecer, tampoco se había bañado esos días, al preguntarle por qué no se había aseado, la pequeña con toda su inocencia gritó a los cuatro vientos, ¡madre, nadie me tocó, nadie me tocó!, en ese momento, dieron gracias al cielo y el desagrado de verla en las condiciones en las que regresó, desapareció automáticamente. Tal vez para esta pequeña ese fue su mejor regalo de navidad.

Los invito a visitar y apoyar a estas instituciones que albergan y protegen a la niñez en situación de riesgo. Lamentablemente falta mucho por hacer, en su mayoría, no cuentan con asesoría legal para este tipo de casos, por tanto, el problema no se está resolviendo de manera permanente, están a salvo de lunes a viernes. Fines de semana y vacaciones, tristemente para algunas de ellas tienen que regresar al lugar donde están siendo agredidas.

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