Si hay una coincidencia entre los intelectuales, ante la FIL de Guadalajara, en los últimos tiempos, al ver la magnitud de editoriales y los cientos de miles de visitantes a la Feria es la pregunta: ¿cómo es posible que México sea un país de pocos lectores, si aquí parece que fuéramos cultos voraces, o de una población de 115 millones somos los únicos que se interesan por la educación y la cultura? Es un misterio a resolver.

Claro que uno duda y se pregunta y recae siempre en el tema educativo. Sí, alguna vez nos tocó ir a la escuela, aprender en lo que se comenzó a llamar un país del subdesarrollo o en el peor de los casos del “tercer mundo”, donde nos ubicaban casi como seres extraterrestres, con una discriminación que aún no ha cesado más allá de los sueños de opio de los noventas, de que todos por el artilugio de la política, desde entonces, ya seríamos del primer mundo.

En ese tiempo teníamos “la cabeza bien puesta”, como lo decía Montaigne en uno de sus ensayos; a ver Maestro, repítalo para toda la audiencia, por favor :” A un niño que se interesa por las letras, no por el beneficio, ni tampoco por comodidades externas más que por las suyas propias, para que se enriqueciese y cultivase interiormente, hay que conseguirle un guía que tuviera la cabeza bien puesta, en vez de bien llena, sobre todo costumbres y entendimiento, más que ciencia”. Gracias Genio. En esos días, por lo menos sabíamos sumar, leer y escribir, expresar correctamente las ideas. Porque: ¿Cuál es la finalidad de la educación? Yo diría que formar a una persona capaz de pensar y de actuar por sí misma. Un ser humano de este talante estará en condiciones de comportarse bien, es decir, de ser protagonista de sus actos y de sus pensamientos.

En este sentido la instrucción es la base de una educación que se proponga formar individuos libres. Esto quiere decir que la autonomía de pensamiento de la persona, va de la mano con su lucidez ética, que la erudición o el llenarse de información no es suficiente, como sucede hoy en día.

En este sentido el maestro que enseña a pensar con libertad, está muy lejos del maestro que ejerce el dominio con el miedo, en latín se diría que el magister, se distingue claramente del dominio. El que me trasmite conocimiento y me guía a descubrir la propia sabiduría interior, para que yo pueda un día seguir mi propio camino, no tiene nada que ver con aquél que pretende ejercer sobre mí un poder de dominación, queriendo transformarme en una copia. El aprendizaje del primer maestro, es el que me permitir emanciparme del segundo, allí sí podemos hablar de una enseñanza liberadora.

La educación requiere de maestros con sentido común, aquellos que no confundan la información con el conocimiento. La verdadera enseñanza supone antes que nada la conciencia de lo que es el conocimiento. Asimilar no es solamente recordar, es decir, “aprender de memoria” sin tener la comprensión real de lo experimentado. Un “guía” estará tanto más autorizado a instruir para liberar, en la medida en que él mismo haya mantenido una relación viva con el saber y para ello se haya esforzado en estar preparado para pensar. El entendimiento no se opone a la ciencia más que si ésta se limita a la simple memorización de saberes totalmente hechos, sin comprender su búsqueda de la verdad y el bien. ”Ciencia sin conciencia, no es más que la ruina del alma”.

Tener “la cabeza bien puesta” no nos habla de una cabeza vacía, sino de un tipo de existencia del saber que constituye lo mejor de la lucidez. Se trata de que el saber tenga un valor sensible y de reflexión, de rechazar la exaltación de una memoria acumulativa, que es la premisa de la educación contemporánea, muchas más materias, menos comprensión, más hartazgo, más angustia, más estrés, más miedo; elementos, que sólo llevan a muchos jóvenes al consumo desmedido de lo que sea, con tal de frenar la ansiedad, que se ha generado, por estudiar porque sí, en estos tiempos violentos del “primer mundo”. (P.S.A.)