Es complejo evadir los trastornos de la convivencia en la sociedad actual, cuando se pierden los referentes de la identidad; el Xinantécatl,  desde hace siglos está en la memoria colectiva, no tan sólo de los habitantes del Valle de México, sino en la cultura nacional: el volcán siempre estuvo allí mirándolos por generaciones, y no es que ahora vaya a desaparecer, sino a perder su propia identidad, que quizá es peor, porque es quitarlo de la vida cotidiana.

El hecho de privatizar algo que tiene que ver con la historia cultural de este país,  es quitarle la esencia sentimental y nacional: desde Von Humbolt, que le midió la cintura al volcán como un enamorado, así como estudió su flora y fauna, hasta Juan Rulfo y sus fotografías en la cima nevada, pasando por Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura, mujer chilena que quiso también subir a la cima, y cuando el cansancio por la edad le impedía continuar, un toluqueño la puso en una silla, y la subió en hombros hasta la cumbre, ganándose con ello, el premio de la maestra, una moneda de oro.

Esto sin contar, los innumerables pintores regionales, nacionales e extranjeros que hicieron arte con el volcán: acuarelas, oleos, grabados,  esculturas, etc. ¿Quién puede decir, que el Nevado, no es un patrimonio cultural de la humanidad?

A estos hechos artísticos, se debe agregar con persistencia, la intervención de los libros de textos en las escuelas, donde el volcán aparece como un símbolo de identidad, como una presencia ineludible por generaciones de mexicanos.

Pienso ¿de qué manera, se podrá criar y educar a los niños? En grandes ciudades invivibles por el anonimato, la violencia, la contaminación? O en el campo de la provincia, donde tampoco existen ni ley ni orden ni la seguridad que deben imponer el Estado.

¿No les será dañina la visión de una destrucción total, en particular si la supervivencia en la ciudad contaminada es de por sí difícil? Esto es importante, pues se debe buscar un poco de tierra bajo los pies…y también una patria, y si no existe, hay que hacerla, refundarla de nuevo,  esa es una manera de sostener la cultura, pero no darle el puntillazo final, con la visión premeditada de la tecnocracia neoliberal, que corrompe cualquier expresión cultural o humanista, pensando sólo en lucrar, no en preservar la identidad, que en síntesis es el verdadero rostro de un país, su cultura. Este territorio caótico por donde se lo mire, para ahora los niños, es también una patria, una nación, una república, una identidad, una tradición, una cultura, una civilización, una historia, no nos olvidemos de eso, pensando sólo en un presente miserable, y no lo que será de los pequeños, mañana ¿habrá mañana para ellos y la cultura?

¿Podrán ellos  vivir libremente, como en su propia casa, en cualquier lugar de México, y especialmente en el Valle de Toluca, sin miedo, sin angustias, sin sufrimientos? ¿Podrán ver al volcán Xinantécatl, como lo vimos nosotros, como parte del paisaje esencial de nuestro propio espíritu? ¿Podrá la voz de nuestros humanistas, de la gente sencilla de nuestro pueblo, así como los poetas y artistas, escucharse todavía en las escuelas y en las calles, no ser también desterradas?