Acciones y omisiones
En la vida es necesario tener causas. Razones o motivos por los cuales realizamos una serie de acciones con el propósito de alcanzar un objetivo. La existencia corre el riesgo de volverse banal cuando transitamos por ella sin una idea clara de qué buscamos lograr. Cada acción con sentido permite integrar actividades diversas dentro de una misma lógica y hace más asequibles los esfuerzos diarios.
Para poder albergar un objetivo parece importante que la acción vaya aunada a una cierta reflexión. La vida no puede simplemente ser una sucesión de acciones; hace falta detenerse a pensar qué es lo que hacemos y escrudiñar las razones por las que realizamos esas tareas. Un déficit de pensamiento puede inducirnos a un activismo agotador y sin sentido, puede provocar fácilmente el desencanto o propiciar la sensación de estar viviendo algo anodino.
La época actual está llena de una gran cantidad de estímulos que reclaman constantemente nuestra atención. No es difícil que vayamos de una cosa a otra sin detenernos mínimamente a considerar cuáles son los motivos para emprender algo o responder a una sensación que reclama nuestra presencia. Podemos ir de un lado a otro y sorprendernos de pronto con que hemos invertido una cantidad enorme de tiempo en no hacer nada, en un simple vagabundeo, en esa tarea denominada navegar por internet o simplemente dejarnos llevar por lo que vamos sintiendo.
Si no nos detenemos a pensar puede suceder que terminemos repitiendo frases ideadas por otros sin siquiera comprenderlas, adquiriendo bienes que no necesitamos porque nos entró la fruición de comprarlos por estar de moda, escuchando una música porque esa es la que nos recomendaron. No profundizar en el valor o sentido de las cosas puede hacer que vivamos nuestra propia vida desde las ideas de otros y sin hacernos cargo de lo que realmente queremos.
No pensar, como advirtió Arendt, puede conducirnos a participar en la realización de un mal por pura superficialidad. Si no sé a dónde se dirige lo que hago, lograré una finalidad sin tener la posibilidad de ser parte intencional de ese logro.
Hay un modo extraño de participar en la vida social abrazando la pasividad. Todos entendemos con relativa facilidad las consecuencias de nuestras acciones; más difícil es advertir lo que sucede por causa de nuestras omisiones. Las acciones provocan hechos concretos, las omisiones impiden que acontezcan cosas mejores. Una omisión deja una ausencia más difícil de observar.
Un profesor que no prepara suficientemente sus clases envía a sus alumnos al mundo con una carga de ignorancia que podría no estar si se hubiera transmitido adecuadamente el conocimiento. Un padre ausente deja de propiciar el desarrollo de características que podrían haberse desenvuelto en caso de haber dado oportunamente el apoyo.
El problema con la omisión es que deja huellas, pero no deja pruebas. Su ausencia genera más vacíos. A fin de cuentas, cae en el terreno de lo que no pudo ser porque nadie dedicó a ese esfuerzo el suficiente tiempo para conseguirlo.
Tantas veces la vida política es el resultado de las acciones de unos cuantos y las omisiones de muchos otros. Si un país no va bien, la causa no se encuentra solo en las acciones de quienes participan en la vida pública, también habrá que explorarlas en las omisiones de quienes cómodamente observan los sucesos, se encogen de hombros y miran en otra dirección. ¿Cómo sería el mundo si las omisiones se hubieran transformado en acciones? Esta pregunta solo tiene una parte clara: la sociedad sería distinta, pues contaría con el empuje de quienes prefirieron ser observadores y no se involucraron para ser protagonistas.
La falta de motivos es una explicación de la inactividad. Vivir la vida por encima y sin pensar puede ser la razón por la cual hay tantas cosas que no nos gustan y que no hemos hecho lo suficiente por cambiar.










