AMLO y Claudia. Primera de dos partes
Dice la canción: "grabé en la penca de un maguey tu nombre, unido al mío, entrelazados". Y así efectivamente ocurrió. Son dos figuras potentes, tan fuerte una como la otra. Solo que representan momentos distintos en la historia política de México. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es un presidente que ha escrito su propia página en el libro de la patria. Venció, por la vía pacífica, a los grupos que se habían apropiado del control político del país. El hombre al que se había construido una imagen pública de violento a través de los medios tradicionales de comunicación, impulsó un movimiento nacional que hizo inevitable que ganara las elecciones presidenciales del proceso electoral 2017-2018.
El éxito del movimiento trascendió a la coyuntura de la competencia electoral para incrustarse como un impulso permanente de valoración, aceptación y ratificación de la voluntad popular a un presidente, cosa nunca vista en las últimas décadas. El movimiento fue llevado al diseño de las políticas públicas nacionales para luego bajar en cascada a todos los gobiernos que su partido (Morena) fue ganando en elecciones locales estatales y municipales. La Cuarta Transformación (4T) fue adoptada por los gobernantes en sus términos para la toma de decisiones de sus agendas públicas. Sin llegar a ser comparables, solo el Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL) se acerca al éxito popular de la 4T, como eje distintivo de administrar lo público.
El presidente AMLO trabajó para dar continuidad al movimiento. Los programas sociales fueron y son la columna vertebral del apoyo indiscutible de la base social que lo acompañó, al menos, desde 2006, hasta el último día de su administración en diciembre de 2024. Eso fue importante, pero también sumó su contundente activismo político desde antes de tomar posesión en 2018 hasta el fin de su sexenio; recorrió el territorio nacional tal como se dice lo hizo el General Cárdenas. Caminó todos los municipios, las treinta y dos entidades federativas donde convivía entregado al pueblo bueno, como él lo llamaba. Ante las críticas por su cercanía a las bases sociales respondía: “El pueblo está politizado”, “Tonto es el que piensa que el pueblo es tonto”, “Con el pueblo, todo, sin el pueblo nada”. Y lanzó sus tres palabras que caracterizan al movimiento: “No mentir, no robar y no traicionar al pueblo”.
En su carrera como líder opositor, primero desplazó a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano como figura emblemática de la izquierda. Luego se asumió como el único con el arrastre popular para vencer a la maquinaria electoral del viejo sistema político. Sus malquerientes hicieron lo imposible para no dejarlo pasar. Una constante en su contra fueron las compañas mediáticas de los medios de comunicación oficialistas. Para contrarrestar los efectos y daños a su proyecto e imagen personal puso en marcha “Las Mañaneras”, el instrumento más eficaz jamás diseñado por otros políticos ni agencia de comunicación política, para informar sus acciones de gobierno y para darse su propio derecho de réplica. Respondía, comunicaba, bromeaba y se burlaba de sus adversarios y de periodistas que lo confrontaban. “Quién pompo”; Huy que miedo, mira como estoy temblando”. Según lo expresaba, “Las Mañaneras” eran un diálogo circular”.
Contrario a los presidentes Salinas y Fox, que tuvieron sus respectivas máscaras para denostarlos, AMLO tuvo su muñeco de peluche, pero no fue para insultar su persona ni su imagen como gobernante. El peluche de AMLO se vendía y lo compraban para tener algo del presidente mejor evaluado y querido de México. Su sexenio fue una campaña política permanente; era incansable, sus giras eran desbordantes muestras de cariño de quienes se concentraban a recibirlo.






