Aprender de lo que piensan otros
Una buena conversación se nutre de diversas percepciones. Platicamos para enriquecer nuestra mirada sobre el mundo. Sería ocioso y vano hacerlo para refrendar nuestras propias convicciones sin acoger las aportaciones de aquellos con quienes hablamos. Si el propósito de hablar fuera escucharnos nos dedicaríamos al soliloquio en vez de al diálogo.
Se nos ha ido instalando, no sé si inadvertidamente, una tendencia a la reafirmación de nuestras ideas más que a la comprensión de las ajenas. Uno de los recursos empleados para no hacernos cargo de las argumentaciones contrarias es la descalificación. La modalidad más socorrida es la argumentación ad hominem, utilizar el ataque personal como línea de nuestra locución, en vez de contrastar las ideas, dar razones o profundizar en las causas por las cuales hemos llegado a esas convicciones.
En muchos ámbitos se vuelve frecuente la división de la vida en bloques, el abuso de estereotipos simplificadores, la colocación fácil de etiquetas. Así se consigue anular la participación del otro, pues de entrada es vista como una aproximación de procedencia dudosa, deudora de intereses mezquinos o partícipe de una conspiración que requiere ser acallada y, en consecuencia, es inútil dedicar tiempo a sopesarla.
La situación no es exclusiva de unos cuantos. Se descubre con facilidad presente en todos. Nos cuesta trabajo hacernos cargo del pensamiento ajeno, especialmente cuando señala alguna falla en el nuestro o expresa desaprobación de una actuación considerándola inadecuada o carente de tacto. El expediente sencillo ante ese contratiempo es la desautorización: dice eso porque está enojado, no acaba de hacerse cargo de la complejidad de la situación y la juzga con ligereza, etc. La reacción a la crítica requiere superar la emoción de rechazo que suscita. Es difícil atender a una apreciación donde se juzga una idea insuficiente o se califica una acción incorrecta dejando de lado la contrariedad que esto representa.
¿Qué hacer ante la pregunta incómoda? ¿Cómo reaccionar inteligentemente a la crítica mordaz a nuestras motivaciones o intereses? Lo primero es despersonalizarlo. Comprender que lo discutido son las ideas, no las personas. Eso ayuda a centrarse en lo que permite el diálogo tanto para el que emite la crítica como para el que la recibe. Buscamos comprender las cosas, valorar con nuestra aproximación intelectual el valor que tiene algo. Quien piensa distinto tiene otra perspectiva, eso no lo hace automáticamente nuestro adversario
Las personas que tienen otra óptica de la realidad no son por ello malas, ni tontas, ni obedecen a maquinaciones contra nuestras perspectivas. Ven el mundo de otro modo. La ventaja es que estamos en el mismo mundo y lo que tenemos que intentar es comprender qué ve cada uno y cómo podemos complementar nuestras visiones. El diálogo es ampliar la mirada. La crítica estéril se reduce a un combate donde gana el que habla más, el que desacredita con más contundencia.
Una pregunta incómoda es una posibilidad de fundamentar mejor la perspectiva, y si cimbra la visión, una ocasión privilegiada para adentrarse en una nueva aproximación a la realidad. Todos hemos sido testigos de intercambios verbales donde proliferan las falacias, los insultos o las cancelaciones y donde lo que no aflora son las razones.
Se gana más cuando conseguimos mirar juntos en la misma dirección que cada ocasión en la que refrendamos nuestra perspectiva y dejamos de ver la ajena. Así es prácticamente imposible sumar, solamente se puede seguir polarizando. Es triste la política cuando se vuelve un inútil duelo entre quienes se creen buenos contra quienes se percibe como malos. Algún día podremos recobrar la alegría de decir aprendí mucho de quien me enseño un mundo que no conocía, en vez de enfadarnos porque alguien ve un poco distinto.






