Asumir la propia responsabilidad
La vida humana requiere de tiempo para que una persona pueda ser responsable. No en vano para ejercer de manera autónoma todos los derechos es preciso alcanzar la mayoría de edad. Antes de ella hay una serie de acciones que no pueden hacerse sin el consentimiento de un adulto. Desde esta perspectiva el ejercicio pleno de la libertad está aparejado con la capacidad de asumir cabalmente las consecuencias de nuestras acciones y hacernos cargo de ellas.
Buena parte del debate sobre la libertad en la era moderna ha consistido en defender la necesidad de ser autónomos. La heteronomía es cuando las acciones humanas están reguladas por un principio externo al propio hombre, en cambio la característica del hombre maduro es poder ser dueño y regulador de sus propias acciones. A mayor autonomía, mayor libertad.
Observo, con cierta sorpresa, como en épocas recientes hay mucha dificultad para asumir la responsabilidad respecto de nuestras acciones. Nos hemos convertido en especialistas para encontrar motivos que disminuyan responsabilidad, la diluyan en causas sistémicas, se anclen en atavismos del pasado o en la preponderancia de una cultura que nos impide actuar tomando a cabalidad nuestras decisiones.
Basta contemplar cómo cuesta asumir el compromiso de haber cometido un error. Proliferan las excusas elaboradas para sortear el asunto y conseguir que sea otro la causa de nuestro propio actuar. A veces parece que somos una sociedad que busca, por una parte, una libertad desaforada, al mismo tiempo que consigue eximirse de cualquier tipo de responsabilidad.
Hay una especie de fascinación por encontrar culpables. Siempre es otro el señalado cuando salen las cosas mal, solamente estamos dispuestos a reconocer nuestra autoría cuando las situaciones salen bien. Proliferan las explicaciones del tipo: tuvimos un problema de comunicación, usted al expresarse no fue claro y yo entendí otra cosa. No es fácil toparnos con quien reconoce con llaneza un error y asume las consecuencias.
El problema de eludir la responsabilidad radica en que perdemos la oportunidad de aprender. Solamente adquirimos experiencia cuando asumimos nuestras acciones, analizamos las motivaciones, desentrañamos sus distintos momentos y descubrimos en qué nos equivocamos y cómo podemos evitarlo en el futuro.
Tanto tiempo hemos empleado en nuestra vida para ser vistos como personas serias, tener la posibilidad de tomar nuestras propias decisiones y resulta que, cuando estamos ahí, cuando las acciones dependen de lo que hagamos, lejos de asumir nuestro protagonismo comenzamos a mirar con fruición para encontrar otros responsables y eludir así nuestra posibilidad de ser origen de algo.
Pasa entre quienes gobiernan, en los directivos de empresas, en los padres de familia, es, desde cierta perspectiva, una epidemia. Es más cómodo levantar un dedo flamígero y apuntar hasta encontrar un culpable. No soy responsable de mis actos, todo lo malo procede de una fuerza externa y ajena. Tristemente, es un espejismo que nos impide disfrutar de la maravilla de la libertad.
Se nos olvida el consejo del Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida.”
Para vivir en libertad es imprescindible reconocerse responsable. La vida vale también porque es la mía, la que he decidido, la que quiero. Sería una mengua que fuera solamente consecuencia de las acciones de otros o de las circunstancias. ¡Más felices seríamos si reconociéramos la autoría de los derroteros de nuestra existencia! Esto vale para las personas y también para los gobiernos.










