¿Cómo es posible?
En la vasta y compleja historia de las naciones, la verdad ha sido siempre el cimiento inquebrantable sobre el cual se edifica la confianza pública, la gobernanza eficaz y el anhelo de un porvenir compartido; sin ella, las instituciones se erosionan, el tejido social se desgarra y los pueblos quedan a merced de la voluntad caprichosa de quienes, desde la cúspide del poder, prefieren la narrativa al dato y el dogma a la realidad. Asistimos hoy en México a un escenario donde el ejercicio de la palabra oficial se ha transformado en un mecanismo sistemático de distorsión, una suerte de espejismo persistente que busca ocultar, bajo el ropaje de la transformación, las heridas abiertas de una sociedad que clama por soluciones reales. Los ciudadanos de conciencia activa no podemos, por dignidad y por amor a nuestra patria, permanecer impasibles ante la evidente contradicción entre el discurso y la vivencia diaria. La pregunta surge, entonces, con una fuerza incontenible: ¿Cómo es posible?
Resulta imperativo cuestionarnos la naturaleza de la ética que se pregona desde el púlpito del poder. ¿Cómo es posible que desde el oficialismo se presuma el fin de la corrupción cuando México ha caído a su peor calificación histórica en temas de transparencia e impunidad?, ese cáncer que devora nuestras esperanzas, hoy se muestra más desafiante que nunca. No basta con repetir consignas “no mentir, no robar, no traicionar”, si los hechos, fríos y contundentes, revelan que el 90% de lo que se afirma en los informes de gobierno nacionales, carece de sustento verificado o resulta francamente engañoso. La honestidad no es un atributo que se adquiere por decreto ni por repetición; es una práctica que se demuestra en la apertura al escrutinio y en la rendición de cuentas totales.
¿Cómo es posible que se hable de "ahorros por combatir la corrupción" para financiar programas sociales, cuando en realidad los mexicanos estamos pagando un costo altísimo por la eliminación de fondos que estaban destinados a ciencia, salud y la prevención de desastres naturales, entre otros? No existe hoy un solo documento público que pruebe fehacientemente que la distribución de ese dinero proviene de una mayor eficiencia administrativa. Al contrario, la opacidad se ha convertido en la norma, porque se blinda la información, se reserva por supuesta "seguridad nacional" y se oculta bajo un manto de sospecha. La opacidad se vuelve entonces en el refugio de la mentira.
La demagogia suele ser un velo muy delgado que se rasga ante el primer contacto con la realidad del sufrimiento humano. Con un cinismo inusitado, el gobierno celebra una supuesta reducción de la pobreza, ignorando deliberadamente que hoy más de 30 millones de compatriotas se han quedado sin acceso a servicios de salud básicos tras la destrucción de instituciones que, con aun con sus fallas, garantizaban la vida. ¿Cómo es posible celebrar el bienestar cuando se ha dejado a los más vulnerables en el abandono absoluto? El gasto social, que el oficialismo califica de histórico, es en realidad una cifra engañosa si consideramos que en gestiones anteriores la inversión respecto al Producto Interno Bruto era similar, con la diferencia fundamental de que hoy gran parte de esos recursos se diluyen en una burocracia ineficiente que no llega a las manos de quien verdaderamente lo necesita.
De igual forma, la justicia en México parece haberse vuelto un instrumento de propaganda y no de derecho. ¿Cómo es posible que se hable de "justicia pareja" cuando se persigue con todo el peso del Estado a un alcalde de un pequeño municipio, mientras se protege y premia con impunidad a gobernadores y familiares cercanos al poder señalados por actos de corrupción escandalosos y complicidades criminales? La justicia selectiva es, en esencia, la negación de la justicia.
En el ámbito de la seguridad pública, la desconexión entre el palacio y la calle es total. ¿Cómo es posible que se pretenda medir la paz con aplausos y gráficas sesgadas en conferencias matutinas, cuando 7 de cada 10 mexicanos confiesan vivir con miedo y el mundo nos observa con alarma como un territorio peligroso para el tránsito y la vida? Celebrar una reducción de la violencia en el sexenio que ha acumulado la mayor cantidad de muertes en la historia de nuestra nación es un insulto a la memoria de las víctimas y al dolor de sus familias. Los asesinatos, lejos de ceder, han mostrado repuntes alarmantes que desmienten cualquier estrategia de pacificación.
Llamar "campaña mediática" a las denuncias de corrupción y nexos oscuros es una salida fácil, pero insostenible cuando son organismos como la Fiscalía General de la República, la Auditoría Superior de la Federación e incluso agencias internacionales como la DEA, quienes investigan irregularidades al más alto nivel y negocios en los círculos más íntimos del poder. La realidad no se borra con retórica. El miedo no se cura con discursos.
Finalmente, debemos observar con preocupación el debilitamiento de nuestro sistema democrático. ¿Cómo es posible que se nos diga que vivimos en una democracia plena cuando el país opera bajo la hegemonía de un solo partido que controla estados y congresos, sin dejar espacio a la pluralidad y, peor aún, sin escuchar a las minorías políticas? La soberbia y la indolencia han sustituido al diálogo. Llaman "eficiencia recaudatoria" a lo que en realidad es el endurecimiento del acoso fiscal y el cobro de impuestos digitales que asfixian a la clase media que de acuerdo al INEGI, representa el 37 por ciento de la población.
Los ciudadanos no podemos ser simples espectadores de esta catástrofe moral y política. La indiferencia es el alimento de la autocracia. Requerimos labrar un camino de resistencia cívica, donde la verdad sea nuestra principal herramienta de combate. No permitamos que la ambición de poder absoluto triunfe sobre nuestra libertad.
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