Confiar: fortaleza de la vulnerabilidad
La confianza vive en arenas movedizas. El desencanto ha ido sedimentando una duda permanente que adereza nuestra relación con las más variadas entidades. Todas, en diversa medida, deberían haber entonado el mea culpa en algún punto de su historia.
Cuando son gobierno los partidos políticos practican lo criticado por sus afiliados cuando son oposición. Hemos sido testigos de cómo feroces luchadores contra la corrupción llevan vidas producto de riquezas inexplicables. Lo trágico es que, sin importar las siglas, ninguno se salva; ninguno consigue extirpar el mal que anida dentro de sí mismos. Las promesas de renovación sucumben frente a la permanencia en el poder.
Desde hace tiempo se habla de estructuras del mal. Esta expresión significa la existencia de sistemas, instituciones y dinámicas que perpetúan la injusticia y la desigualdad, a través de la aparición de mecanismos donde se privilegia a unos cuantos mientras se lacera la vida de muchos otros.
Esta misma dinámica de manipulación trasciende la esfera política y se instala en el ámbito tecnológico y corporativo. El surgimiento de algoritmos predictivos y su uso abusivo ha permitido establecer un cerco al consumidor. La capacidad de influir con bombardeos constantes para inducir conductas que favorecen a unos y enganchan en consumos irreflexivos a otros despierta una suspicacia fundada. Esto acontece tanto para la compra de un producto como para la emisión de un voto.
No parece que la búsqueda de la justicia, ni propiciar una reflexión más profunda de cada persona sea lo que anime a la mayor parte de las corporaciones. Da la impresión de que están cómodos con que pocos piensen. Así parece lógico que la desconfianza tenga una cierta carta de ciudadanía en la sociedad contemporánea.
Sin embargo, instalarse en la sospecha no parece una buena manera de encauzar a la sociedad. Es importante encontrar maneras de que la confianza pueda volver a ser un aglutinante social, de otro modo reduciremos el encuentro entre personas a un simple contacto; la comunicación no podrá llevarnos a buscar un destino conjunto y devendrá en un simple intercambio de información.
Una institución es confiable cuando cumple lo prometido; cuando busca orientarse del todo por su misión y concibe la realización de sus fines como la única garantía legítima para subsistir.
Si tradujéramos esto a la vida de un partido político este sería confiable si cumple lo ofrecido en sus campañas. Si al acceder al gobierno mantiene un discurso apegado a la realidad en lugar de maquillar los hechos para encajarlos en una narrativa triunfalista, luego ensombrecida por datos contundentes que la niegan, es posible comenzar a creer de nuevo.
El fin de un partido político no consiste solamente en alcanzar el poder. De hecho, eso es algo que sucederá algunas veces, mientras que otras su función será la de ser oposición. Por ello, su misión tiene más que ver con llevar a la arena pública unos principios y unas ideas cuya defensa buscará siempre. Un partido pierde su rumbo cuando abdica de sus valores para mantener el gobierno; cada vez que consigue dejar de ser sí mismo para convertirse en un grupo solamente guiado por el deseo de mantener el poder.
La recuperación de la confianza es un reto de las instituciones. Para hacerlo se requiere ofrecer una información clara, propiciar una auténtica relación con las personas a las que sirve y contar con mecanismos para sancionar a quienes impiden la realización de los fines o buscan el beneficio personal.
También demanda una labor de la sociedad. Más organizaciones para exigir rendición de cuentas, una participación más activa y comprometida de todos. La confianza tiene signos y exigencias que permiten a cada uno otorgarla.
No obstante, la confianza siempre convive con la incertidumbre, de otro modo parecería evidencia y no implicaría ponerse en manos de los demás. La confianza es paradójicamente un acto de fortaleza procedente de nuestra vulnerabilidad.






