De mentiras y eufemismos: las trampas del lenguaje
El lenguaje tiene múltiples vericuetos. Nos permite hablar de modo directo cuando decimos llanamente y sin rodeos nuestros pensamientos, pero también cabe una exposición velada de los mismos, mediante una historia, una metáfora o una insinuación. Una declaración puede ser rotunda e inequívoca o puede ser dicha de tal manera que dé pie al vuelo de la imaginación.
Entre quien habla y quien escucha existe el abismo de la interpretación. No basta con lo dicho, la comunicación no es plena sin conocer lo que ha sido comprendido. El propósito del comunicador admite muchas aristas: no siempre quiere decirnos algo claro, muchas veces pretende expresar algo ambiguo.
La verdad ha sido vista, en primer término, como la adecuación de intelecto y realidad. Además, el lenguaje supone una armonía entre lo pensado y lo dicho. Cuando alguien expresa con sus palabras lo pensado decimos que habla con verdad. En cambio, las veces en que deliberadamente hay una distorsión con la intención de engañar estamos frente a una mentira. Por ello, es fácil advertir que la mentira va generando una mayor distancia con lo que sucede más allá de nuestra mente.
Mentir es una actividad tan frecuente como compleja. Tiene también muchas tonalidades y diversas motivaciones. A veces se miente por miedo; otras, por conveniencia. En ocasiones, el objetivo primordial de la mentira es inducir al engaño al destinatario de la afirmación; muchas otras, es simplemente la estrategia para evitar un problema.
En la política parece que su uso es constante. Somos capaces de emplear eufemismos para tratar de minimizar los hechos. Así, por ejemplo, se puede decir que no ha habido apagones, “solamente interrupciones en el suministro de luz”, o que un tren no se ha descarrilado, “simplemente ha abandonado la vía”.
Los eufemismos tienen la ventaja de ser modos de renombrar el mundo que nos rodea. Eso nos permite, por una parte, darle carta de naturalidad a algo que nos parecía vergonzoso o bien ocultar con cierto aire de grandeza una realidad para la que antiguamente se reservaba el descrédito.
Por eso resulta oportuno recordar la frase: “Hay tres clases de mentiras: la mentira, la maldita mentira y las estadísticas”, atribuida por Mark Twain a Disraeli. La desgracia es que de las tres la “maldita mentira” es la que más abunda, pues en ella se pueden unir las otras dos.
Puede surgir una guerra de datos. Frente a la información especializada cabe recurrir a contar con una información diferente. Así se desata la guerra de cifras: unos dicen que han disminuido los delitos, otros sostienen que han aumentado. Lo mismo pasa con los datos de la inflación. Cada año nos reportan un porcentaje que nuestro bolsillo tiene dificultades para cubrir, aun cuando la cifra sea pequeña. Sucede con los datos sobre la economía informal o con la creación de empleo. Todo suena maravilloso en las estadísticas, pero no es la experiencia de quien busca trabajo.
¿Por qué nos cuesta hablar con la verdad? Muchas veces alteramos la verdad porque creemos tener mayor control sobre las mentiras que decimos y advertimos nuestra incapacidad de tenerlo sobre la realidad respecto de la cual hablamos. Así no es difícil que se mienta pensando situarse en un territorio más seguro, sin advertir cómo nos vamos metiendo en un terreno de arenas movedizas donde, poco a poco, la distancia entre nuestras palabras y la realidad se ensancha irremediablemente.
La verdad es más segura porque pisa tierra firme; la mentira, en cambio, es una falsa promesa y una trampa a corto plazo que nos hunde en lo inestable. Pretender controlar la realidad a través del discurso no soluciona los problemas, simplemente ofrece una falsa seguridad. En último término, el afán de mentir nos mete en la imposibilidad de conciliar el futuro con una realidad que solo existe en nuestra mente, haciendo incluso que una guerra que estaba a punto de ganarse dure cien años.






