De vuelta al ruido
Tuve la dicha de pasar unos días alejado de todo ruido. Estaba en un lugar donde escasamente llega la red y donde la población más cercana se ubica a varios kilómetros. Fue la ocasión para pasear en el bosque, dejar de lado las prisas diarias y adentrarme en pensamientos largamente postergados.
La soledad y el silencio fueron el clima adecuado para una lectura pausad; para mirar la realidad sin las prisas cotidianas y para dejar de escuchar las noticias que parecen la retahíla de nuestros males y no las buenas nuevas capaces de conducirnos a un mundo mejor.
Salgo de esos días de calma y me encuentro con una muerte más de una mujer. Ahora se trata de una alumna de intercambio. La narración ilustra la violencia y, también, la fragilidad de la respuesta ante la emergencia. La chica falleció por el ataque, pero también por la lenta reacción de quienes debían prestarle la ayuda que necesitaba.
Nuestra patria lleva ya largo tiempo metida en una espiral de violencia cuyo fin parece muy lejano. Son muchas las fracturas que nos han llevado hasta donde nos encontramos: la falta de crecimiento económico, la dificultad para encontrar un empleo digno y bien remunerado, una educación largamente estancada, la poca esperanza en las promesas de cambio ofrecidas por un partido y por otro. Cambian los colores, pero permanecen las frustraciones.
México es un país lleno de promesas incumplidas. La esperanza no puede sobrevivir cuando tiene que prevalecer frente a tanta oferta fallida. Hace falta un cambio profundo donde nos habituemos a encontrar soluciones a los problemas, donde no sea necesario pagar para recibir lo que en derecho nos corresponde y una larga cadena de eventos que no hacen más que agravar nuestra situación y provocar desesperanza.
Ahí, junto al bosque, pensaba en un mundo que ya no está. Pude sumergirme en la lectura pausada de algunos libros. Leí, lo confieso, con cierta fruición. Quizá pertenezca a la última generación que disfruta del libro. Hoy para adquirir conocimiento han aparecido otras herramientas, aunque no sé si generen la calma y el sosiego que brinda recorrer una historia con pausa, descubrir un argumento y tantos otros placeres que pueden obtenerse de ese diálogo con las grandes mentes de nuestra historia.
Vuelvo del solaz de esos días, abro de nuevo los diarios, y me encuentro con el alza de los precios del petróleo, porque el Estrecho de Ormuz sigue siendo un campo minado. Una situación mundial precaria y donde no parece verse una política contundente con una dirección clara. Parece que la incertidumbre es la realidad capaz de aportar los mejores dividendos políticos.
Nuestro mundo es una caja de Pandora de la que salen continuamente situaciones que alimentan la desconfianza entre unos y otros. Hace falta generar más riqueza y distribuirla mejor, pero no se puede lograr lo último sin conseguir lo primero, aunque cuando se genera la riqueza es un hecho que no siempre se reparte. En el camino entre repartir y generar aparece el mundo de la corrupción que quiere una tajada sin haber hecho nada. Algo similar pasa con el derecho de piso y otras tantas manifestaciones de la extorsión que se creen con el derecho de tomar algo de lo que otros han producido.
A veces pienso que se estaría mejor en el silencio. Quizá ahí se puedan aclarar mejor las cosas y, con suerte, se pueda volver con ganas e ideas para proponer un cambio y hacer la diferencia.










