¿Democracia? ¿Al gusto de quién?
En tiempos de polarización política, conviene volver al significado original de las palabras. Democracia proviene del griego demos (pueblo) y kratos (poder): gobierno del pueblo. La pregunta es inevitable: ¿realmente gobierna el pueblo? ¿O la democracia funciona al gusto de unos cuantos?
En la práctica contemporánea, la democracia se reduce con frecuencia al acto de votar cada cierto número de años. Elegimos representantes y les delegamos el poder. Sin embargo, una vez instalados en el gobierno, muchos de ellos terminan respondiendo más a intereses económicos, corporativos o partidistas que a las necesidades reales de la mayoría.
Se habla constantemente de “voluntad popular”, pero esa voluntad suele construirse desde narrativas mediáticas, estructuras de poder y desigualdades profundas. No todos los sectores sociales tienen la misma capacidad de influir, participar o hacerse escuchar. Cuando la riqueza se concentra en pocas manos, también se concentra la influencia política.
En México, el debate sobre cuándo comenzó la “verdadera democracia” sigue abierto. Algunos sostienen que durante el presidencialismo hegemónico no existía democracia; otros ubican su inicio en la transición política de finales del siglo XX.
Lo cierto es que el crecimiento económico del llamado “milagro mexicano” y, posteriormente, las reformas neoliberales de los años ochenta, produjeron resultados sociales muy distintos, especialmente en términos de desigualdad.
Entonces surge la pregunta de fondo: ¿democracia formal o democracia real?
La democracia formal cumple con elecciones, partidos y reglas institucionales. La democracia real, en cambio, exige justicia social, distribución equitativa de la riqueza y condiciones materiales que permitan a todos participar en igualdad de circunstancias.
Cuando el 1 por ciento concentra la mayor parte de la riqueza y define la agenda pública, la democracia deja de ser plenamente del pueblo y para el pueblo.
Se convierte en una democracia administrada, limitada, funcional para quienes ya detentan poder.
La discusión no es si queremos democracia, sino qué tipo de democracia queremos.
Una que garantice procedimientos, o una que garantice derechos sustantivos y bienestar colectivo.
Porque al final, la democracia no debería estar al gusto de minorías privilegiadas.
Debería responder al interés general y traducirse en una mejora concreta en la vida de las mayorías.










