Descubrir lo permanente en lo fugaz
Sentarse a escribir es un verdadero reto. El vértigo de nuestros tiempos impide calibrar con sosiego la importancia de los sucesos. No hay la calma necesaria para reflexionar con profundidad, sopesar con detenimiento, pues algo nuevo aparece y nuestra atención cambia de foco y olvida lo anterior. Tanto cambio genera una situación interior de desasosiego y de búsqueda de estímulos novedosos. La quietud es un bien escaso. Recuperarla exige voluntad para no dejarse seducir por la aparente volatilidad de todo.
Hace tiempo subí con unos amigos una pequeña montaña. El sendero obligaba a caminar en solitario; lo empinado del trayecto dificultaba la conversación, pues quizá por la falta de práctica, el ascenso conllevaba cierto jadeo y la necesidad de atender bien al piso para evitar una caída. Así, con esa respiración entrecortada y con esa soledad forzada, brotan del interior muchas ideas y sensaciones que llevaban tiempo guardadas y sin haber tenido la ocasión de comparecer en el centro de la atención. Surge alguna pregunta punzante reclamando el haber permanecido escondida más tiempo del necesario, un viejo propósito olvidado que al aparecer nos recuerda por qué lo habíamos formulado.
Cada vez que logramos sustraernos de la persecución de lo nuevo, nos ponemos en condiciones de encontrar algunas constantes. Si observamos los medios de comunicación con detenimiento, es fácil advertir que llevan comunicando lo mismo, con pequeñas variaciones, durante periodos largos de tiempo. Así nos enteramos de la marcha de la economía; los escándalos de corrupción de los políticos en turno; de una nueva guerra o de otra tragedia. Los mismos asuntos con nuevos protagonistas.
Además, ahora, tenemos la posibilidad de recibir información a todas horas y potenciada con la aparición de la IA, estamos conectados permanentemente. Pendientes de los mensajes que nos pueden enviar en cualquier momento, de las notificaciones de las redes sociales o de si hemos recibido otro like. La gran mayoría de las veces nos enteramos de cosas que no nos importan y llenamos nuestro costal con elementos que poco aportan para enriquecer nuestra vida o proyectar mejor nuestros objetivos.
Cuando uno tiene tiempo para detenerse, pensar un rato o adentrarse en cultivar el conocimiento, no encuentra el mismo estímulo que la ansiedad de una inesperada novedad le otorga en el día a día. El silencio se vuelve extraño, el estudio demasiado arduo y la tarea de darle vueltas a lo mismo para desentrañarlo, una actividad cuyo valor se nos escapa.
Si hacia afuera aparecen constantes, hacia adentro redescubrimos lo atesorado. Vuelve como novedoso lo acumulado durante años: una lectura, la luz de una conversación donde entendimos con otros lo que solos no habríamos descifrado. Es un poso de experiencia escondido que por desuso parece volverse obsoleto y, más bien, contiene las claves para enfrentar lo que viene.
Pero no es solo la saturación. Ante una inteligencia artificial que cobra un protagonismo creciente —y ante la que resulta tan difícil asombrarse de sus posibilidades, al tiempo que se advierten sus riesgos—, se vuelve más urgente rescatar la capacidad de pensar y no renunciar a ser los protagonistas de nuestras ideas y del rumbo de la inteligencia humana. Es relevante atreverse a pensar, forjar el criterio ante la abundancia de información, no confundir poseer muchos datos con saber de verdad.
Pero quizá sea necesario no perder de vista la importancia de vivir, de asumir riesgos, de tomar decisiones y como aconseja Rilke a un joven poeta: “no busque de momento las respuestas que necesita. No le pueden ser dadas, porque usted no sabría vivirlas aún —y se trata precisamente de vivirlo todo—. Viva usted ahora sus preguntas. Tal vez, sin advertirlo siquiera, llegue así a internarse poco a poco en la respuesta anhelada y, en algún día lejano, se encuentre con que ya la está viviendo también”.
El conocimiento, si no es vida, no lo es.










