Dolor y esperanza
La trágica historia de Noelia Castillo ha reavivado el debate sobre la oportunidad o no de asistir a alguien para que se prive de la vida cuando no encuentra en ella sentido o propósito. Los datos que circulan sobre la protagonista de esta historia nos hablan de una serie de tropelías donde, sin duda, la sociedad no ha estado a la altura para atender las necesidades de Noelia. Vivió lejos de su familia, con problemas psicológicos serios, fue víctima de violación tumultuaria, intentó un suicido… Su biografía entera señala abandono, dejación, violencia. ¿Tras tanta tragedia la solución es una nueva tragedia? ¿La muerte tiene sentido o priva a la vida de su propio propósito? ¿Se puede buscar sentido en el dolor? ¿De verdad no pudimos hacer más para que no sufriera tanto por el maltrato social al que estuvo expuesta?
Casi siempre cuando observamos una tragedia pensamos si podemos hacer algo para paliarla. Los problemas se presentan como situaciones que requieren ser resueltas o al menos minimizadas. Uno de los grandes retos de la humanidad es la gestión del dolor. Son muchas las horas empleadas para tratar de pensar cómo debe ser aliviado. Todos hemos tenido momentos donde nos hemos enfrentado con su fuerza y este contacto sigue resonando con muchas preguntas sobre su sentido.
Las personas buscamos encontrar modos de enfrentar la dificultad. Renunciar a la lucha para resolver una situación no es la conducta más frecuente, ni la más eficaz para dirimir nuestros problemas.
Son muchos los ejemplos que tenemos en la vida diaria que ilustran la entereza y la creatividad con la que buscamos resolver nuestros retos. Por ejemplo, ante el sinsentido de tantas desapariciones surgen las madres buscadoras, su propósito es volver a saber del paradero de sus hijos, aunque la noticia que reciban sea la de su muerte. La incertidumbre en la que viven no es más reconfortante que saber la verdad sobre su paradero. No obstante, su búsqueda tiene un sentido profundo, nace de la esperanza de encontrarlos a salvo, pero no cesa porque reconocen en cada hijo alguien que no puede permanecer en el anonimato.
La esperanza es una disposición que nos permite desear que nos sucedan cosas buenas, pero como bien decía Václav Havel “la esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, salga como salga”. Los seres humanos desplegamos acciones porque estamos convencidos de que cada una de ellas tiene un propósito, conllevan un sentido y asumimos el riesgo de ejecutarla, aunque su realización nos conduzca a una situación indeseada. Esta certeza de sentido es lo que se pone en juego cuando el dolor se vuelve insoportable. Los defensores de la eutanasia lo hacen desde la convicción de que cada persona es autónoma y puede elegir vivir o no. ¿Podemos pensar que tenemos una libertad absoluta? ¿Es posible que haya algo que sea una frontera que no debamos traspasar? Quizá eso explique por qué como sociedad intentamos forjar el carácter, aprender a reconocer límites y a guiar nuestra vida por convicciones que también ponderan nuestra dependencia de otros y comprende los límites respecto de nosotros mismos.
La tragedia ha vuelto a poner en el centro del debate la conveniencia de autorizar el suicidio asistido. Es verdad que resulta irritante el ensañamiento terapéutico que prolonga la vida artificialmente y empleando medios extraordinarios, cuando sabemos que todos algún día moriremos. Eso es muy distinto a provocar directamente la muerte, en vez de buscar modos de hacer la vida deseable, con cuidados paliativos, que buscan la disminución del dolor; con compañías que contribuyan a aligerar las dificultades de la vida. La soledad es algo que no podemos permitirnos frente al sufrimiento.
El dolor es una realidad incomunicable. ¿Qué pasa en cada persona que sufre? ¿Cuáles son los resortes que nos hacen posible enfrentar la vulnerabilidad? ¿Cómo lograr apreciar la vida como algo valioso en toda circunstancia? Ante el dolor del otro no cabe la indiferencia, ante la soledad no parece lógico el abandono. No deja de ser llamativo que se llama compasión a dispensarle alguien la muerte.
Cuando algo oscurece buscamos llenarlo de luz. Si algo se torna cansado intentamos encontrar fuerzas. La vida humana no suele estar libre del dolor, pero éste siempre puede ser acompañado —rasgo profundo de nuestra humanidad— y así quizá sea todavía posible encontrar sentido y valorar a cada persona como un fin en sí mismo. No deja de ser paradójico que nos inquiete y combatamos el suicidio, al tiempo que hay quienes lo proponen como solución si es asistido.






