¿Dónde están nuestros límites?
Imaginar el futuro es pensar en lo que todavía no es. Siempre se corre el riesgo de que suceda algo distinto a lo que uno busca; al mismo tiempo, hay señales apuntando a direcciones que se avizoran probables. Llevamos un buen número de años atestiguando cambios tecnológicos relevantes: la tecnología de focos led, las computadoras, el internet, la telefonía celular, la inteligencia artificial y un largo etcétera. En estos años hemos visto surgir y desaparecer inventos que alcanzaron su obsolescencia con una velocidad inusitada.
La tecnología facilita enormemente el trabajo de cada día. En muchos sentidos potencia y perfecciona las capacidades humanas. Es obvio que una máquina puede actuar con más fuerza, precisión y velocidad que un ser humano. Desde muchas perspectivas no parece que deba sorprendernos que la inteligencia artificial consiga, en muchos ámbitos, un desempeño más pulcro y atinado que el de una persona.
Cada vez que la tecnología supera al hombre es necesario volver a preguntarse sobre lo que es genuinamente humano. En alguna época, por ejemplo, era lógico pensar que el dominio político correspondía a quien era corporalmente más fuerte; sin embargo, recientemente, esa cualidad no determina que una persona tenga un papel preponderante en la sociedad.
Nuestra capacidad tecnológica es sorprendente. Somos capaces de encontrar sustancias que administradas como medicamento pueden curarnos. Podemos dirigir las radiaciones para eliminar el cáncer. Simultáneamente tenemos en nuestras manos los conocimientos para utilizar los medicamentos como drogas que alteran nuestras funciones neurológicas o emplear las radiaciones como arma de destrucción masiva.
El conocimiento técnico nos hace capaces de cosas que sin esos instrumentos no podríamos realizar. La pregunta que ronda es si es acertado llevar a cabo todo lo que podemos o es necesario ponerle un límite. En nuestra propia capacidad natural encontramos la necesidad de ponernos barreras. No parece razonable hacer todo lo que nos apetece en cada momento y hay fronteras que no se deben traspasar.
Estas herramientas exigen que el autodominio tenga un papel central en la vida humana. Saber cuándo emplear un instrumento y cuándo dejar de hacerlo. ¿Qué conviene hacer por cuenta propia? ¿Qué actividades es mejor dejar en manos de las máquinas para enfocarnos en algo más relevante?
Por ejemplo, me contaba una persona sobre una reciente interacción con la inteligencia artificial. Estaba trabajando unas notas para una sesión. Recurrió a la IA para corroborar algunos datos y pedir algunas sugerencias. Este proceso lo replicó varias veces: siempre había algo más que hacer. El programa de IA terminó señalando, a pregunta expresa, que sus algoritmos le impedían poner fin a su capacidad de seguir haciendo observaciones. Poner límites, señaló, es una competencia humana.
Cada vez será más importante saber qué hacer y qué dejar de hacer. Conocer los propios límites y alcances. Reconocer la manera de superar nuestras propias limitaciones. Ser capaces de discernir. Tomar una pausa. Cambiar de rumbo. Todo esto tendrá que ser parte central de nuestra educación. La formación de la voluntad y el carácter, junto con el criterio, tendrán una prioridad fundamental.
Hay una sabiduría que tiene poco que ver con la colección de información. Es cierto que contar con datos es imprescindible para pensar. Pero profundizar no solamente consiste en ello, hay algo más fino que se llama criterio.
La capacidad de pensar siempre está entreverada con la capacidad de querer. Ya en otros milenios se decía “entiendo porque quiero”. Y ese límite sigue, al menos hasta hoy, siendo muy humano.






